>REDES, SOCIEDAD Y POLÍTICA
Iván Rodrigo Mendizábal
Uno de los asuntos que recientemente ha merecido atención de los politólogos es el referido a las redes, sean estas sociales o políticas, sobre cuya conexión parecen desatarse variedad de acontecimientos en apariencia nuevos.
El más notable, sin duda, es el del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, cuya derivación, televisada, fue la caída de las Torres Gemelas y el trauma que ello significó para EE.UU. Dicho acontecimiento, en efecto, evidenció la presencia de una red “terrorista”, Al-Qaeda, que hasta ese momento no había sido relevante aunque ya había tenido historia en décadas anteriores, cuando, articulada y financiada por la CIA, provocó la salida de los soviéticos de Afganistán, además de la debacle en Europa del Este. Tal red había sido formada como algo externo al gobierno y su política legítima, pero estaba vinculada a ella como algo interno. Si el 11 de septiembre puso en boca de todos la palabra “red”, además ligada a otro vocablo, “terrorismo”, es porque había sido pensada como eso, como algo que escapase al control y, de este modo, que su carácter desestructurante, siempre sea visto como el recurso ulterior de todo Estado para extender la política, en el momento que esta ha fracasado. Entonces, es precisamente acá donde la cuestión de la red empezó a ser considerada en forma seria.
Sin embargo, la idea de red también ya estuvo presente en el común de la gente como algo no ligado a la política. Hacia la década de los 90 del siglo pasado, tal palabra fue relacionada con Internet, una red comunicativa al servicio de la sociedad. De pronto la sociedad empezó a cambiar sus relaciones, sus lazos o su modo de vida, tratando de formar comunidades virtuales sin tener que salir de casa, impulsando la conectividad, sobre todo en las ciudades, entre personas localizadas en cualquier punto del planeta en tiempo real. Es así que la emigración ecuatoriana a España o EE.UU. aprovechó de esta posibilidad. Si bien la emigración se desata por la necesidad de mejorar las condiciones de vida, en sí también se realiza gracias a la formación de una red comunicante gracias a Internet, el correo electrónico y la telefonía. De este modo, encontramos nuevamente el fenómeno de la red, pero esta vez a escala social, fuera de los aparatos estructurantes del Estado, como ser las oficinas públicas, las leyes ya sean estas contra la migración o las que impulsan la ciudadanía, los filtros mediáticos que muestran espectacularmente las desgracias de los emigrantes, donde los emigrantes ecuatorianos articulan otra socialidad ligada a las tecnologías de comunicación. En este marco, si hay una estructura social dada por la exclusión, por la economía y los medios de producción, se observa paralelamente la formación de un amplio tejido social, no organizado, caótico e incluso anárquico que favorece la migración como una necesidad para quienes el país aún no le ofrece oportunidades dignas.
Y precisamente también un amplio tejido social, una especie de extensa red, esta vez dinámica, es la que se cohesionó en abril de 2005, bajo el nombre de “Forajidos”, ocasionando el derrocamiento de un gobernante en Ecuador. A diferencia de los emigrantes ecuatorianos, esta red social, ahora de clase, es la que se manifestó en las calles, y su sola fuerza, al modo de un gigantesco agujero negro, atrajo el ímpetu de otros sectores quienes a su vez pusieron su parte en la crisis de aquellos días.
Tres acontecimientos ligados a una sola palabra: red. El 11 de septiembre evidenció una red terrorista articulada por el gobierno y que pronto se volcó en su contra. La emigración ecuatoriana si bien supone otro modo de lograr riqueza, a la vez es tal gracias a las redes de Internet. La emigración es un conflicto de comunicación; de ahí que ella estructure una red comunicante para alcanzar objetivos claves, uno de ellos la capitalización de su propio saber allende las fronteras. Por otro lado, la destitución de uno o tres presidentes, en los últimos años en Ecuador, si bien obedece a factores políticos, en sí implica la reconfiguración de las redes de clase con el fin de afirmar su identidad frente a gobiernos que no legitiman su credo.
Pero estos son apenas ejemplos de redes. Hay otros más: entre ellos, la no elección de José María Aznar en España, si bien se da por las mentiras sostenidas respecto a los atentados del 11 de marzo de 2004, al igual que por la participación de dicho país en la invasión a Irak, a su vez es gracias a una amplia red ciudadana concientizada que pronto reclamaba sus derechos políticos. También se puede hablar de las redes sociales, barriales, etc. que luchan por objetivos y consiguen para sí cosas que habitualmente por otros medios no se podrían conseguir. Y qué de las redes de los movimientos sociales. En el campo de la economía, es evidente que todo se mueve en red: las bolsas y juegos financieros a escala global, las decisiones, los flujos del capital, todo ello supone una configuración de red. Posiblemente, los empresarios saben más de redes que el propio gobierno o que los partidos.
Teniendo en cuenta los tres acontecimientos se podría afirmar que la cuestión de la red es algo problemático, terrible o algo inmanejable. Pero, ¿qué es precisamente una red? ¿Cuáles son los alcances socio-políticos de toda red? ¿A qué paradigma de sociedad pertenece? ¿Cuáles son sus problemas? Esto es lo que trataré de desarrollar en el presente texto.
Digamos a modo preliminar que una red es un conjunto conectado de personas u organizaciones. Técnicamente supone tres palabras: nexo, nodo y trayecto.

Las personas u organizaciones mantienen nexos entre sí. Cada uno es un nodo o núcleo de algo, el cual independientemente puede nutrir su sola identidad o singularidad. El modo en que aquéllas se conectan suponen los trayectos. Así es como funciona una familia o agrupación aunque muchos digan que hay allá una estructura que les organice. En efecto, si bien puede haber una estructura piramidal (padre, madre, hijos…) las relaciones no necesariamente obedecen a dicha estructura. Un primer principio, por lo tanto, es que en una red no hay estructura si entendemos a esta como un sistema organizador de las relaciones.
Pero a la idea de red antes esbozada habría que añadir otra serie de términos: clusters o racimos, hubs o conectores, trama y enjambre.
Un racimo se forma a partir de un nodo que aglutina posiblemente nexos o amistades. Por ejemplo, en una familia, una persona que se casa, forma un nuevo racimo. Un conector puede ser cualquier nodo que permita la conexión a otras redes. Nosotros podemos ser nodos y conectores a su vez: en un momento se puede estar ligado a un club barrial, pero también pertenecer a un entidad. Cuando la red se va ampliando forma una trama que es compacta aunque invisible, donde sólo se puede divisar una parte de las relaciones pero no la totalidad. Y cuando el modus operandi de tal trama supone ciertos comportamientos que se repiten o que son productivos a una cierta finalidad, se da lo que se llama un enjambre. De todo esto se puede deducir otros dos principios: que una red se conforma por aglutinación, donde tal aglutinación es espontánea, no jerárquica y cuya reproducción es infinita; y segundo, que toda red forma una trama o tejido, una especie de tela compuesta por capas, que puede estar muy ceñida y que, además, muestra algo. A esto le llamaremos una historicidad. ¿Acaso no es verdad que Al-Qaeda, por más “terrorista” que sea, en sí es una manifestación política defensora de los valores del mundo islámico en contra los valores del mundo occidental, donde se sostiene que el occidental es la causa de los males de la humanidad? La historicidad dada tiene que ver con dos cosas: la defensa de la identidad musulmana en base al mandato del Islam que implica la “evangelización” de los infieles y, por otro lado, la politización del mandato, cuando los islámicos identifican a los “cruzados” norteamericanos y a los “sionistas” israelíes, portadores de los valores del capitalismo deshumanizante, como los causantes de la humillación, la pobreza y la desigualdad en el Medio Oriente. El ataque a las Torres Gemelas, por lo tanto, fue simbólico, es decir, destruyó el símbolo fundamental de las relaciones del capitalismo. En el caso de los “forajidos”, de igual modo, se puede decir, que la red que la sostuvo permitió constatar la necesidad de refundar la “nación” en el sentido burgués de la palabra y, como tal, la reafirmación de la presencia de una clase social, la media y media alta, que retoma las riendas del país, en detrimento de otras clases. La impugnación, de este modo, no era al gobierno, sino en sí a una clase social “otra” que no empataba, que no reflejaba los idearios de las clases sociales que manejan al país. De todo ello quizá habría que obtener otro principio: que toda red supone la diseminación de una ideología (o varias) hasta su manifestación simbólica en la realidad. Piénsese nada más que tejido, trama, es igual a texto, es decir, texto histórico que requiere siempre ser reescrito, actualizado.
Pues bien, hasta acá he esbozado un poco el universo de las redes indicando que habrían cuatro principios para caracterizarlos: a) en las redes no hay estructuras ordenadoras; b) las redes se conforman por aglutinación espontánea y no jerárquica hasta el infinito; c) las redes forman tramas o tejidos muy ceñidos con la pretensión de mostrar algo, una historicidad; y, d) las redes suponen la diseminación de una ideología (o varias) hasta su manifestación simbólica en la realidad. Considerando estos principios, entonces, se puede esbozar una nueva definición de red, y como tal, de red política y social que es lo que nos importa. Así, una red es una totalidad interconectada de personas u organizaciones donde ninguna tiene primacía particular más que en el entorno que conforma y que a su vez permite la apertura a otros campos; en ella, al no haber jerarquía, quienes se integran, es con la finalidad de resignificar sus contenidos históricos y ampliar sus lazos infinitamente; además de que como conjunto produzca algo nuevo. En un momento, una red puede ser substituida por otra, o incluso, gracias a la conectividad o enlazamiento, una red puede ser más abarcativa hasta crear “hipercomunidades”. Quizá habría que emparentar la palabra “sociedad” con “red”.
Y hablando de sociedad, bajo ¿qué modelo de sociedad estamos viviendo? La literatura contemporánea le ha puesto un nombre a la sociedad en la que estamos insertos: se dice que ella es la sociedad de la información. Su base es substancialmente económica y enredada. En ésta las redes sociales, empresariales, políticas son concordantes, se conectan espacialmente, comparten e integran tecnologías, además que la gestión de los recursos es cooperativa. El capital esencial que circula es el del conocimiento como resultado de la información compartida e integrada al quehacer social. Esto quiere decir que lo que vale en esta sociedad no es la mano de obra sino el trabajo intelectual y subjetivo, además de la proactividad y la creatividad. El término innovación no es gratuito en este contexto.
Sin embargo, la anterior descripción no es suficiente sino se liga a ella la comunicación. Si la sociedad de la información es tal, es justamente gracias a las relaciones, al intercambio de información, en definitiva, a la comunicación. ¿Acaso esto tampoco define a una red?
El español, Javier Echeverría, un analista de la sociedad de la información, dice que esta primariamente es informacional, es decir, que la información compartida lleva a tomar decisiones: las personas u organizaciones toman decisiones para operar en virtud de sus propios intereses. En segundo lugar, es representacional, o sea, la primacía de los medios de comunicación es clave para la creación de imaginarios. Piénsese en la red de migrantes quienes fundan sus imaginarios sociales sobre la imaginería de la televisión. Tercero, es comprimida, deslocalizada, desterritorializada, no tiene fronteras, donde lo lejano se vuelve cercano. En la cuestión de los emigrantes, a la final no hay pérdida de la familia sino su extensión; aunque las familias estén disgregadas localmente están unidas virtualmente gracias a la comunicación. El acontecimiento de abril en Ecuador, por otro lado, puso en evidencia la existencia de una clase social fuerte que se unió a su vez localmente, aunque ella pudiese estar dispersa, y todo ello gracias a los mensajes de celular. En cuarto lugar, es una sociedad tecnológica. Howard Rheingold, un sociólogo norteamericano quien recientemente publicó un libro, “Multitudes inteligentes”, imbuido por el espíritu ciudadano dado tras los atentados de Madrid del 2004 donde las personas organizaron manifestaciones contra el gobierno empleado los mensajes de celular, o el fenómeno comunicativo de los jóvenes que usan los celulares como parte de su propio cuerpo, habla de esta sociedad tecnológica en sentido que es un amplio tejido con régimen tecnosocial. Él dice que las personas o grupos que inician procesos de descontento social, promoviendo manifestaciones colectivas, aparte de los partidos, lo hacen creativamente empleando los medios de comunicación no convencionales y posibilitando nuevas formas de organización. De esto se deriva, en quinto lugar, que esta sociedad se caracteriza por su movilidad. Por algo se dice que es una sociedad de flujos, donde todo circula, donde no hay nada estático, donde todo cambia; así, tal fluidez llevaría a dos situaciones: la ubicuidad de las cosas y de las personas o de los movimientos sociales y el estado caótico, desordenado de estas mismas cosas y movimientos. En esencia una red es eso, un espacio ubicuo, difícil de situar, y por lo mismo, un lugar crítico, a veces inestable y, como tal, anárquico. De ahí que, en sexto lugar, la sociedad de la información se identifique con lo multimedial y la multiculturalidad, donde la multiplicidad de lenguajes, de vida, de ideologías, de singularidades ya no suponga la crisis de Babel sino, al contrario, su aventajamiento, pues la fragmentación lleva al enriquecimiento de las redes: si hubiese orden, habría sistema y, por lo tanto, la posibilidad que un sistema sea más vulnerable a cualquier evento no previsto. En séptimo nivel, está lo digital, es decir, las personas tratan de satisfacer sus propios deseos y sensibilidades, produciendo subjetividades inherentes a su experiencia; esto lleva al fin de las ideologías, al acabamiento de las organizaciones piramidales e incluso la disolución del aparato estatal, sobre la premisa de la individualidad. El octavo rasgo se refiere a lo distal, es decir, lo que tiene que ver con las relaciones a distancia y los sistemas de exclusión a modo de vallas que impiden que otros flujos penetren. Y en último lugar, la cuestión de lo reticular, o sea, la idea de que cada uno de nosotros tiene un lugar en la sociedad y depende de cómo desarrollemos ese lugar. He aquí la base de la ideología de la empresa y del éxito que circula como paradigma positivo en nuestro medio.
Este conjunto de criterios que definen a la sociedad de la información y el conocimiento: lo informacional, lo representacional, la compresión, la tecnología, la movilidad, la multimedialidad y multiculturalidad, lo digital, lo distal y lo reticular, en sí hablan del cambio de la época industrial a una nueva bajo el signo de la globalización.
Pero en este tipo de sociedad, ¿cómo funcionan las redes? Aunque parece estar claro que tal sociedad ya no supone la masificación sino la individualización, ya no tiene que ver con la producción en serie sino con la producción de subjetividades y, por lo tanto, la emergencia de la visión particular, sensorial de la realidad por parte de la gente, justamente la idea de red es mucho más fuerte. Y eso tiene, como ya lo he ido planteando, dimensiones políticas.
Imaginen ahora un árbol, con ramas, hojas, tronco, en la parte más visible. Además visionen su raíz, debajo de la tierra: está claro que se verá una amplia ramificación que sostiene y da vida al árbol en cuestión. Pero además valdría la pena que consideren bulbos y las raicillas que nacen más allá de las raíces iniciales, cuya bifurcación es imposible de contar.
Pensemos ahora en el modelo de sociedad aludido. Desde el punto de vista de la política convencional, se podría decir que todo lo descrito como característico hacen a las ramas y las hojas. Pero lo que lo sostiene es claramente un tronco. El árbol se erige por un tronco. Es posible cortar las ramas y las hojas y seguro que tendremos otras ramas y hojas nuevas brotando pronto, pero si se corta el tronco, es probable que no se tenga el árbol. Pero ello tampoco asegura que de los restos del tronco en pie nazcan ramicillas y floraciones. Es obvio pensar que las raíces todavía no han muerto nutriendo lo que queda del árbol. Pero para que las raíces sigan proveyendo de lo vital, es preciso que las raicillas se sigan extendiendo en búsqueda del agua y de los nutrientes. Por muy debajo del suelo, en la parte invisible, inexpugnable, las raicillas cumplen la función esencial de proveer del alimento necesario.
Bueno, esta burda disquisición biológica ayuda a estructurar, tal como lo hacen dos pensadores franceses, Gilles Deleuze y Félix Guattari, la compleja sociedad que prevalece detrás de ese paradigma positivista y organizacional cual es el de la sociedad de la información, ampliamente explotado por los “teólogos” de la administración y el marketing. En su libro “Mil mesetas”, que es una especie de reflexión estratificada, en planos, acerca de los tiempos que vivimos, dichos filósofos postulan la idea del rizoma. Y rizoma para ellos es algo parecido al bulbo y las raicillas con un impresionante sentido expansivo y conectivo, más fuerte que las propias raíces; en otras palabras, las múltiples raíces y los frutos subterráneos.
Pero partamos del árbol en sí. El Estado asemeja al árbol. El tronco del árbol es la estructura misma del Estado. Nótese que tal tronco, por el paso de los años, va agrandándose, va creciendo, va fortaleciéndose y todo gracias a las capas que van formándole. El Estado y su régimen de historicidad, quizá la nación, es lo sedimentado entre las capas y las capas mismas. En este modelo, el aparato de gobierno no está en la cúspide como se cree, sino en el mismo tronco, en la parte que permite la ramificación. Entonces, alrededor del centro de gobierno es que emerge o se concatena la sociedad, es decir, empieza a ramificarse y a producir frutos. Las ramas no sólo suponen fragmentos de sociedad, clases o grupos sociales, partidos que generan a su vez otras instancias, sino que muestran, su esplendor en cosas objetivables, los frutos indicados, las hojas en su impresionante verdor. Sin embargo, nótese que las ramas no son simples líneas, sino que ellas permiten racimos, o sea, a veces son nodos. Si pensamos que el Estado y las instituciones forman una copa esplendorosa como un aparato organizacional, es evidente que la sociedad es una especie de red, pero encumbrada, nacida del tronco del Estado. No hay nada liberado en este marco y esto lo saben los liberales norteamericanos cuando predican el modelo de sociedad y Estado libre y democrático: la relación entre Estado y sociedad es inminente; la primera promueve y la segunda brota como resultado. Incluso habría que pensar que cada región del entramado estatal-societal a su vez se define por conectores u alimentadores de otros regímenes de vida, es decir, de otras sociedades y redes. ¿Acaso a la sombra de un árbol no hay comunidades de hormigas, de insectos voladores y animales? ¿No es verdad que muchos regímenes se sostienen a su vez gracias a tejidos de comunidades más ocultas como las del Opus Dei o de las de los masones?
En esta esbozo de teoría política, posiblemente banalizado, se puede constatar que todo aparato organizacional o que toda cosa instituida tiene tras de sí una amplia red. En abril del 2005, los forajidos no eran tan sólo grupos que salieron a las calles, sino la visibilización de una clase social enredada que se aprovechó de la dolarización, del bienestar conseguido en base a la especulación económica y del abandono del Estado a ciertos campos de control. La red de emigrantes a su vez muestra que son productivos al propio Estado ecuatoriano. Piénsese, nada más, que este sector es el segundo que sostiene la economía del país luego de las exportaciones. Es una falsedad el que las inversiones extranjeras promuevan la dinámica económica y financiera; al contrario, son las que aprovechan de la propia debilidad del Estado y más bien extraen el capital hacia el exterior. Pero ésta es otra cuestión.
Ahora quisiera reformular algunos de mis planteamientos. La estructura arborífera, o sea, la ramificación que hace que el Estado se muestre como algo productivo, es la de un tipo de sociedad que ha trepado y se sostiene en la copa. Si se quiere, más bien, las ramas y las hojas suponen una productividad política en tanto se benefician del cuerpo del Estado. Esto es lo que ha estado sucediendo en muchos de los países latinoamericanos. Unas clases se han beneficiado del sistema político para crecer, y ello sin duda es legítimo. Entonces, se tiene que el Estado, sus instituciones, un tipo de sociedad son visibles.
Sin embargo, habría que preguntarse: ¿qué es lo que sostiene realmente al Estado? Sociólogos y politólogos como Michael Hardt, Antonio Negri, Giorgio Agamben, Boaventura de Souza Santos, entre otros, reconocen que hay otra base social, también mayoritaria, sobre cuya sangre se erige el monumento estatal. Hardt y Negri han terminado por apuntalar el nombre de dicho amplio sector raíz, denominándolo “multitud”. Para muchos este término tiene que ver con movimientos sociales politizados. Según aquéllos la globalización tiene dos caras: la una, de estructura “imperial” (porque obedece al patrón occidental dominante, en este caso norteamericano), jerarquizante, controladora, en permanente conflictividad, promotora de una red que exhibe su aparente poder. Al-Qaeda, por ejemplo, es la red que por muchos años permitió el socavamiento de lo no autorizado por el poder imperial, sostenido por los aparatos de Estado, la CIA, y la misma sociedad retrógrada norteamericana. La otra cara es la de las multitudes, basada en la cooperación y colaboración, red abierta, plural, de cuerpos singulares, comunicativa, divergente en muchos casos, ansiosa de la democracia. La multitud, para estos pensadores, es un sujeto activo que comparte lo común y lo múltiple y que puede regirse a sí misma. La multitud es, si se quiere la raíz del Estado. Si desea puede dejar morir al tronco, o lo puede hacer renacer. De ahí que asistimos a un doble fenómeno en Ecuador, pues los forajidos si bien estaban en la dimensión de la copa del árbol, quienes a su vez actuaron como multitudes, aglutinando tecnologías comunicativas, particularmente jóvenes, estaban en la base, como raíz, invisibilizados por la fuerza de los acontecimientos. Lo importante, sin duda, es la integración de las redes, formando una red mucho más amplia.
¿Y qué de los tubérculos y las raicillas? Los rizomas aludidos por Guattari y Deleuze son radicales: tienen autonomía. Son redes complejas y caóticas. Son tallos que se independizan, desconociendo lo que les ha hecho emerger. Su carácter “terrorista” es, en efecto, positivo, pues ellos rompen con el tronco, edificándose como entidad, pero nunca contra el tronco ni el árbol del cual han nacido. Así, estas otras redes pueden ser la simiente para otro árbol y, recalco, jamás contra el árbol y del espacio de donde han salido.
La red de la que hablo es anárquica en su distribución o flujo. Cuando está atada a la raíz y al árbol es abierta, diseminada, conflictiva, heterotópica en los términos de Michel Foucault. Deleuze y Guattari que exploraron el pensamiento de este sociólogo y politólogo, señalan que tal red (y por extensión, toda red), supone, primero, conexión y heterogeneidad, es decir, cualquier punto de la red se conecta con otro, formando eslabones “semióticos” o de significado. Luego está la multiplicidad, es decir, la trama que se forma, a su vez tiene una finalidad política, pues se trata de la fundación de un nuevo texto, de un producto con característica diferente al árbol. Igualmente dicen que el rizoma supone una ruptura asignificante, es decir, que la red puede ser rota en cualquier punto, lo cual no implica que muera la red ya que existen otros puntos o nodos que cumplen igual o mejor función que la parte cercenada. Por eso, Al-Qaeda no puede ser quebrantada, y lo mismo pasa con algunas guerrillas históricamente consolidadas. Entonces, cuando hay ruptura en una parte, siempre habrá una tangente o línea de fuga imprevista. Del mismo modo, todo rizoma o red profunda supone una cartografía y una calcomanía; o sea, la red mantiene una identidad genética indestructible y que se copia a sí misma bajo otras versiones; esto llevará a que las redes hagan nuevos mapas para su propia existencia. En otras palabras, toda red resiste al tiempo…, por algo, tejido histórico. De ahí que cuando hablamos de red, concluyamos en la idea de enjambre y de la comunidad “inteligente”.
En efecto, una sociedad parece una red. Pero quizá habría que decir con más propiedad, que una red no es una sociedad, sino más bien un complejo social donde cualquiera de sus elementos, sean estos personas u organizaciones puede generar y, a su vez, puede ser reemplazada por otro nodo en cuyo fortalecimiento puede nacer la posibilidad de una realidad diferente. En otras palabras, las redes son la simiente de las sociedades. Mientras la sociedad es la estabilización de las fuerzas bajo la premisa de las relaciones de posesión; las redes son su contraparte, la constante dinamización hacia su propio cambio. A mi modo de ver, es allá donde emergen cierto tipo de movimientos sociales y políticos que no pretenden el poder, funcionando como conciencia crítica, ética e incluso desestructurante de todo orden. Pero al igual que este es el terreno donde brotan proyectos nuevos también es el campo donde nacen redes que por naturaleza, son anárquicas y descomunicantes. Si la base de toda red es la comunicación y, por ende, de toda forma de socialidad, una red anárquica, es en sí descomunicante, es decir, es aquella que puede cerrarse en sí misma. Me gustaría que mediten, en este contexto, la novela de J.M. Coetze, “Esperando a los bárbaros”, que trata de los nómadas cuya presencia constituye una amenaza para el orden establecido. Lo interesante en dicha novela es que el problema no son los nómadas sino la propia sociedad que se ciega ante su propio discurso de la amenaza externa, acerca de los fantasmas que ella misma crea y alimenta y que termina socavándola. Es decir, la propia red formada frente a otra red exterior que la ve como amenaza, puede ser la causa de su propia desaparición. Esto hace que la red externa se cierre, dado que la sociedad le niega.
De alguna manera me he adentrado con lo último en algunos problemas de las redes. Pero antes de profundizar en este aspecto valdría la pena recalcar las posibilidades que ellas. En este sentido, la red social supone conectividad, flujo, multiplicidad de vías; es el espacio de lo dinámico con diversidad de posibilidades donde ninguna es la única y más bien, en potencia, cada cual puede ser puente. A su vez, se ha dicho, heterogeneidad, variedad de actores, no jerarquización; quizá acá habría que tomarse en serio lo que es la cuestión del liderazgo a diferencia del gobierno; una persona u organización puede ser la que impulse el capital social y simbólico de los demás pero nunca debe propender a ser autoridad. También está el tema del entramado; es menester darse cuenta que una red social y política en sí articula un tejido, un texto, una historia; es un entorno narrativo de impresionante potencial; toda la cuestión de la historia oral de las antiguas culturas funcionan sobre la base de la red narrativa y social donde todo se transmite generacionalmente; en este campo la cultura occidental, gracias a la intermediación del mercado y del capital financiero, tiende a ser egoísta en la transmisión del conocimiento, logrando que el mundo se segmente entre quienes más saben y los que no. Por otro lado, hay que ver el asunto de la no ruptura de la red ya que se conforma un comportamiento colectivo no pactado pero asumido donde cada cual en directa o indirecta relación es responsable y también se hace cargo de lo dado en otro punto. He aquí el tema del enjambre; es decir, del comportamiento enjambrado.
Un enjambre es una gran red inteligente. Esto lo afirman Rheingold y Johnson cuando analizan la configuración de la sociedad tecnológica actual. Según éstos, en las hormigas hay una lógica de enjambre, es decir, no obstante tienen un básico vocabulario de feromonas y habilidades cognitivas, forman una comunidad engranada, “inteligente”, la cual puede resolver problemas complejos basándose en la improvisación y la repetición. Lo mismo sucede con las personas enredadas empleando tecnologías, quienes resuelven situaciones conformando una comunidad cohesionada e inteligente. Entonces, habría que añadir como otra oportunidad en las redes, la formación de comunidades donde las personas improvisan o repiten hasta llegar a soluciones impensadas. En un enjambre no hay jefe ni partido que lo sustente, pero todos pueden hacer una tarea en común; esto supone la autoorganización y la autodeterminación y probablemente una nueva forma de democracia.
Piénsese ahora todas estas posibilidades en sentido invertido y tendremos los problemas. El más terrible es el terrorismo. Pero acá no podemos caer en falsas dicotomías, en apuntar buenos y malos, porque probablemente lo que llamamos terrorismo, para los que la promueven, es una forma de resistencia. Y comunidades de resistencia hay miles como lazos de amistad y socialidades que gustan del fútbol o de la cerveza. Piénsese, por ejemplo, en que algunas guerrillas en Latinoamérica, de pronto pasaron a ser calificadas como terroristas. Si una red social destruye a otras sociedades menospreciando sus valores, sin independizarse, estamos evidentemente ante la faz terrorista de la red: es como si el propio bulbo o raicilla del árbol generase el veneno para matar al propio árbol y el medio de vida que este sostiene. Un enjambre sólo puede ser productivo en tanto mantiene un proyecto nuevo, pero es terrorista en tanto su proyecto es la destructividad total.
Y acá tampoco valdría la pena mezclar el lado terrorista de una red social con la anarquía. Es evidente que hay ciertos rasgos anárquicos en el levantamiento de los forajidos en Quito: cuando la ciudadanía pedía en abril, “que se vayan todos”, en el fondo se estaba clamando el desconocimiento de los órdenes constituidos aunque no la eliminación del Estado ecuatoriano, sino más bien su refundación. En la cuestión de la emigración también hay un elemento anárquico: pues la gente que se va del país, afrontando riesgos, perdiendo lo poco que pueden tener, por más denuncias de por medio, igualmente desconocen lo instituido.
Así, la anarquía es el rechazo a todo principio organizador, al orden establecido y consumado, implica la independencia de todo sistema y al mismo tiempo la afirmación de la libertad total. En la anarquía no hay centro ni autoridad, no existe regulación y más bien multitudes que buscan entre sí finalidades comunes. Las redes anárquicas son aquellas donde los individuos, como nuevas subjetividades, expresan el poder del que son portadores. El fenómeno de la anarquía del enjambre no es nuevo, empieza, si seguimos a Foucault, cuando el poder soberano empieza a descender, a diseminarse entre los cuerpos de las personas: ahora el poder no está en los gobiernos sino en la gente y ella se ejerce en otros planos como ser las relaciones familiares, sexuales, productivas, planos donde, asimismo, se puede dar la resistencia y la articulación de otras redes. Por eso Agamben, en un artículo acerca de los movimientos sociales, habla que a la final estos son formas de poder o si se quiere, con arreglo a sus palabras, la constitución de las redes como formas de poder.
Acá aparece (y con esto concluyo) la cuestión de lo político. Cuando las redes se erigen en formas de poder efectivamente hacen aparecer su lado político: la red, entonces, asume los rasgos comunitarios en el marco de un proyecto, transforma los lazos, las relaciones, los flujos. Lo político, en suma, es una forma de hacer comunidad con poder y hacerla efectiva. La red, la trama, la textualidad de lo histórico es la que la mantendrá.
(Quito, agosto de 2005)
BIBLIOGRAFÍA
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ROSANVALLON, Pierre. Por una historia conceptual de lo político. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2003.

Muy interesante el blog por el amplio contenido y los aportes que se pueden obtener. Deseo felicitar por el trabajo realizado y que continúe con esta esforzada labor.
También estoy creando mi blog y por ser primerizo en el asunto desearía obtener un comentario suyo para ver como mejorar el sitio. Mi dirección es: http://www.luisfernandoproanio.wordpress.com
Gracias
A propósito de este tema, Ivan voy a retomar el tema de mi tesis y por favor me gustaría que me recomendaras bibliografía sobre ciberactivismo, gracias
Carmen Alicia
De hecho, deberías revisar el libro de Arquilla, J., & Rondfelt, D. (1996). The advent of netwar. Santa Mónica, California, EE.UU.: Rand Corporation (en la web: http://www.rand.org/pubs/monograph_reports/MR789.html. Igual: J. Arquilla, & D. R. (comps.), Redes y guerras en red: el futuro del terrorismo, el crimen organizado y el activismo político. Madrid, España: Alianza. Hay otra literatura en Internet, vale la pena pasearse por la red. Saludos.