La política del ADN y el mito del futuro sin seres humanos | Iván Rodrigo Mendizábal

aeon-flux

Fotogramas de Aeon Flux de Karen Kusama

Por Iván Rodrigo Mendizábal

El número 59/09 de septiembre de 2006 de la revista “Mecánica Popular” trae como tema central el diseño genético a la carta. El título de portada es “Diseña genéticamente a tu hijo” y, si nos ceñimos a este enunciado, el texto anuncia la posibilidad de hacer a nuestros hijos e hijas según el canon tecnológico del presente siglo: es decir, podemos experimentar, crear y hacer a nuestro antojo la vida.

El tópico del artículo no es nuevo pero ahora es presentado en una revista de tecnología doméstica, “Mecánica Popular”, ícono de la cultura de masas del siglo XX, donde se dan ideas para que la gente solucione problemas con algo de ingenio. En dicho marco, el diseño genético es una posibilidad. El enunciado en cuestión se puede parangonar con frases del tipo: “haga su propia casa con materiales baratos”, “elabore su propio misil usando los desechos de la cocina”, “diseñe su barrio como le plazca” o “edifique la humanidad que le guste”. Claro está que el titular del artículo de fondo, escrito por Andrés López, baja el tono del título de portada con el enunciado: “…Y la genética creó al hombre a su imagen y semejanza”, lo que quiere decir que la revista guarda relativa distancia respecto al asunto.

En todo caso, he aquí un asunto que deberíamos considerar detenidamente. Hasta hace poco el diseño genético todavía era una cuestión de la ciencia. Aunque los nazis ya lo probaron, la oveja Dolly fue el principio de esta nueva historia que devino en debates y luego en prácticas experimentales bajo el signo del miedo ante el futuro. Si bien las crónicas periodistas con cierta frecuencia se refieren a este tema, a veces de forma especulativa incluso con mucho de espectáculo, el hecho que exista la posibilidad del diseño genético de los propios hijos e hijas no había sido más que algo lejano. Y he aquí que de pronto la revista “Mecánica Popular” lo trae a la memoria y lo actualiza. Lo inserta en la cotidianidad familiar y lo pone de relieve incluso ejemplificándolo con casos concretos de niños que han nacido bajo la nueva fórmula, es decir, como una realidad y una práctica social ya dada, esgrimiendo que es el derecho de algunas comunidades para enfrentar problemas relacionados con las enfermedades, vencer a la muerte, además que otras hablan acerca de la necesidad de mejorar la “raza” humana. En cierto modo, esto equivale a constatar que ciertas sociedades o personas podrían construirse su futuro para satisfacción y placer suyo, en virtud que las ciencias médica y genética evolucionaron al punto de abrir senderos hasta ahora desconocidos para el ser humano.

Y la pregunta ante esta situación es siempre algo que tiene que ver con la ética: ¿Tenemos el derecho de diseñar a nuestros hijos y determinar su destino a nuestro gusto?

No quiero hacer de este ensayo una disquisición pura acerca de este interrogante. Más bien quisiera debatirlo alrededor del cine, en particular del llamado “cine postmoderno” y de la cibercultura, sobre todo con el ejemplo de una película de ciencia ficción intitulada “Aeon Flux” (2006) de la directora Karyn Kusama, inspirada a su vez en una serie de animación de Peter Chung popularizada en la década de 1990 por el canal de música global MTV.

Me inquieta, naturalmente, saber hasta qué punto el cine refleja la realidad. Si esa realidad, al mostrar una visión diferente a la conocida, anclada esta más bien en los ideales de la tecnología y lo cibercultural, pone en crisis los valores hasta ahora sostenidos. Es claro que hoy vivimos otro contexto al de los viejos maestros del cine cuyo sentido humanista parece olvidado; sin embargo, se debe caer en cuenta que una buena cantidad de jóvenes, sino la totalidad, es la que está más en contacto con las nuevas estéticas, con las propuestas artísticas, con los nuevos mensajes de ese cine acusado de perverso y deshumanizante, dada su fuerte carga de promisoria ideología tecnológica como es el cine de la postmodernidad.

Y he aquí la nueva pregunta que me planteo: ¿Este cine que parece mostrar el desencanto, acaso también no es una crítica a los propios postulados de la cibercultura? Si bien hay una espiritualidad endeble, ¿este cine a su vez no nos está planteando preguntas éticas (y eclécticas) sobre el futuro de la humanidad en el mismo tono de la voz de los propios adolescentes que preguntan a sus padres acerca de cuestiones difíciles?

AEON FLUX Y LA TRAGEDIA DE ION

Comencemos con el film de Kusama, un relato futurista apocalíptico. Estamos en un mañana lejano donde la humanidad casi ha desaparecido por causa de un virus sembrado en la faz de la tierra. Sólo sobrevive una porción de población en una ciudad amurallada de nombre Bregna al mando de una corporación cuyo presidente además es un científico, el Dr. Trevor Goodchild, representante de la dinastía gobernante por cuatro siglos. En ese entorno, en forma periódica, hay desapariciones. Y también está una agrupación guerrillera, los Monicans, que desea destruir al régimen establecido. El personaje central de la historia es Aeon Flux, una mujer sensual y sagaz, quien debe cumplir la misión de atacar el centro de ese gobierno matando al científico-presidente. Para no alargar demasiado el cuento, se dirá que dicha heroína enfrenta una serie de visiones y conflictos que le impiden cumplir con su misión: son recuerdos que le vienen en forma de imágenes pasadas haciéndole sospechar que hay algo más que la eliminación del gobernante. Así descubrimos que, contrariamente a la idea de que Goodchild es un ávido representante del corporativismo totalitarista, es más bien un hombre que casi ha encontrado la cura para enfrentar al virus, además de ser en alguna anterior vida, el esposo de la que ahora es la heroína vengativa. Los familiares y acólitos de Goodchild temen que la cura acabe con la dinastía y se encargan de eliminar a todos quienes, por el transcurso del tiempo, pueden procrear (por ello las desapariciones extrañas), además que se proponen matar a Aeon Flux porque es alguien que tiene dotes especiales, es una potencial mujer y, además, tiene la memoria del pasado que aún no se ha borrado de su mente. Lo que ella hace, de este modo, es destruir el lugar donde se guarda la memoria de las clonaciones, el Relical, el Relicario, un fabuloso aparato-nave que vuela encima la ciudad, eliminar a quien es su protector, el Keeper o Guardián, un doctor que sabe de todo el secreto, abrir las murallas de la ciudad e invitar a la vuelta del ser humano a la naturaleza.

¿Qué es lo que tiene este relato? Grosso modo, ciertas partes que me parecen interesantes:

  1. Una ciudad amurallada y cómoda, Bregna, donde todo el mundo es feliz (aun cuando exista algún evento fortuito que provoque la tristeza en los individuos, tristeza de la que nadie sabe su procedencia). Así, se tiene un micromundo utópico rodeado por un vasto mundo exterior agreste. Es una especie de ciudad matriz en el seno de la tierra. Por encima está el Relicario, un aparato donde se guarda el código genético de cada poblador, listo para ser empleado para un nuevo nacimiento. Es claro que la palabra Relicario alude al término religioso “reliquia” que significa resto corporal de algún ser viviente el cual es custodiado ahora como sagrado. Entonces, en el Relicario está lo vital de la gente, su código genético, en efecto, “sagrado”.
  2. Un futuro donde todos son manipulados genéticamente. Lo importante es que la población es replicada, es clonada hasta el infinito. Los gobernantes se clonan a sí mismos para mantener su hegemonía. Así se percibe la tensión acerca de quienes saben lo que se puede hacer con el diseño genético para gobernar y quienes no saben que su vida asemeja a la de los títeres, producto del diseño corporativo global.
  3. Aeon Flux es la actante principal que tiene la misión de destruir al gobierno. A su vez el Dr. Goodchild (apellido que puede traducirse como “Buen muchacho”), es un personaje trágico en cuyas manos está el destino de la humanidad. La relación entre ambos supone una tensión afectiva alrededor de alguna verdad que ellos buscan.
  4. También está el hecho de que el nombre Aeon en latín significa “edad”, “por siempre”, “eternidad”, término relacionado con la palabra griega “aion” que además equivale a “vida”. De este modo, tenemos un nombre compuesto que alude a “flujo eterno”, “flujo de vida”, pero al mismo tiempo, a la “edad que corre” o la “edad que tiene un devenir”. Incluso si nos adentramos más, el simbolismo de este nombre compuesto alude a las emanaciones de Dios que son siempre bipolares, es decir, una energía que conlleva la luz y la sombra que en el plano humano podría entroncarse tanto con la sexualidad, generador de vida, cuanto con lo consciente, productor de conocimiento.
  5. En tal universo posthumano de diseño y clonación quien guarda el secreto corporativo es el Keeper, el Guardián. Es ese viejo doctor que clonó a Aeon Flux por sus dotes especiales, y quien ahora protege el centro fundacional y neurálgico del poder, el relicario sobrevolador indicado, depósito estratégico del código genético de la humanidad remanente recluida en Bregna. En este marco el diseño genético supone que la gente tiene una vida que se replica infinitamente para perpetuarse, hecho que causa tristeza y sensación de soledad, la cual caracteriza también a Aeon Flux. De pronto hallamos que el problema en discusión se relaciona con la sociedad posthumana que ha logrado alcanzar, mediante truco científico, la inmortalidad.
  6. Aeon Flux se rebela y como tal su misión es restaurar lo humano. La destrucción del mito fundado por el diseño genético y la clonación es un imperativo. Precisamente ella dice en una parte de la película: “Sólo hay una cosa que importa… vivir una vez pero de verdad, y luego dar lugar para que las personas puedan vivir mejor. Vivir solamente una vez pero con esperanza”. El ciclo de la vida debe ser, así, restituido.

He aquí un esbozo de lo fundamental que se puede rescatar de este film que, por lo demás, no se parangona con las grandes obras maestras del cine, incluidas las de ciencia ficción. También hay que dejar en claro que la película tiene críticas encontradas y la mayoría de ellas reflejan que hay muy poco que reflexionar de su trama. Por mi parte planteo que no interesa tanto el aspecto cinematográfico efectista que los espectadores esperan de una película de ciencia ficción, sino indicar que este filme es un discurso sutil e intencionado acerca de lo que se podría llamar el “mito de la futura humanidad”, diseño genético de por medio.

Es evidente la existencia de películas en los últimos tiempos que empezaron a tocar este tema aunque pocas lo han abordado de manera frontal. Quizá habría que recordar entre los títulos obras a veces emblemáticas como: “Los niños del Brasil” (Boys from Brazil, 1978) realizada por Franklin J. Schaffner sobre los experimentos nazis; “El sexto día” (The 6th day, 2000) de Roger Spottiswoode, sobre la apropiación de la identidad de los individuos clonando a las víctimas por parte del poder corporativo; “El enviado del mal” (Godsend, 2004) de Nick Hamm, acerca de la posibilidad de reemplazar al ser perdido mediante una copia de él; “La isla” (The island, 2005) de Michael Bay, sobre los programas de clonación a petición de sus propios usuarios… y así sucesivamente.

En todo caso, ¿qué es lo que llama la atención del film “Aeon Flux”? Inicialmente debo decir que encuentro similitud de la historia con la tragedia griega de Eurípides que se llama “Ion”. Ion es un nombre que significa: “el que va”, además de “energía”; aunque en la obra teatral no se explicita como tal, la connotación del personaje es clara. El vocablo ion a su vez se lo usa en química para indicar al átomo o molécula libre cargada eléctricamente. De lo que trata la palabra, en el sentido químico, es que el átomo ha ganado o perdido electrones y como tal es algo en potencia. Para su activación se requiere naturalmente de otra energía iónica.

Si se analiza con más detenimiento, existe cierta relación entre ambas palabras, ya sea por el sonido en la pronunciación, ya sea por los significados si los conectamos. En todo caso si hablamos de “flujo de vida”, de “edad que va venir”, también debemos referimos a “vida que va” y “energía de vida”. Todos son significados interrelacionados, los que de cierto modo están presentes en la indicada obra de Eurípides.

Ahora bien, “Ion” si bien es una obra teatral, un clásico de la literatura, sobre todo es un texto de la historia griega en cuanto a genealogía se refiere. El relato es más o menos así en la versión de Eurípides: Apolo seduce a la hija del primer rey de Atenas, Creúsa, tras un rapto. Ella tiene un hijo a quien abandona. Hermes recoge al niño y lo lleva a Delfos, al templo de Apolo, quien a su vez le nombra como Ion y sin contarle su origen, confía su cuidado a la sacerdotisa del lugar. De este modo, Ion es criado creyendo que la sacerdotisa y su esposo son sus padres. Él crece y se encarga de dar paso a quienes desean consultar el oráculo. Con el tiempo Creúsa se casa con Yuto; pero como no pueden tener hijos acuden a Delfos. Apolo nunca habla la verdad y más bien les aconseja que tomen a Ion como hijo. Con el tiempo, Ion quiere saber la verdad de su origen; Creúsa intenta matarlo pero se da cuenta que es el hijo que ella ha abandonado. Al final Atenea les reconcilia.

Se podría afirmar que la tragedia de Ion es una historia marcada por la violencia y por el peso de la venganza. Al igual de lo que sucede en el film, la tensión está entre Ion y Creúsa. En cierto momento de la obra ambos tienen la intención de matarse, pero también está el hecho de que se reconocen gracias a la huella de algún recuerdo, que en el caso de Eurípídes, es el cesto en el que abandonó Creúsa a Ion. El problema, sin embargo, es que Ion ignora su identidad hasta el final tal como Aeon Flux. Ion es el flujo de un dios y su propia personalidad es una potencia: por algo luego será rey y dará lugar a la nación jónica. Como flujo, como energía, como átomo libre, está siempre entre la puerta del oráculo y de la realidad. Aunque su verdadero padre no hable en público de él, su madre asume la tarea de decirle la verdad. De este modo, su vida es liminal, es ambivalente, está entre dos tiempos, entre dos memorias, la humana y la divina, la real y la que debe renunciar porque el personaje sabe que su verdadera libertad implica trascender a lo que pasó entre sus padres.

Si hacemos equivalencias, se podría señalar inicialmente que Ion es Aeon. El hecho de que el mito postmoderno tenga como actante a una mujer es clave como energía creadora, promesa de vida, pero a la vez átomo cargado de energía de cuyo seno nacen nuevas emanaciones.

Por otro lado, Hermes es el Keeper, el Guardián, él es consciente del secreto y tiene una relación de solidaridad con Apolo por ser su hermano. Pero en la película Hermes ha envejecido y desea morir. Sabemos que Hermes es un conductor, es alguien que promueve la comunicación, es quien motiva las relaciones. He aquí un otro dato que me parece sutil: si el Guardián quiere morir es más porque la comunicación se ha convertido en una fórmula insostenible en el mundo del futuro, es decir, el presente ciber. En este contexto, el conflicto que plantea la película, en el mismo sentido que la tragedia, tiene que ver con la excomunión. O sea, sabemos que hay exceso de información y comunicación alrededor de la acumulación genética, el diseño y clonación biológica, etc., y que gracias a dicho exceso la verdad se ha vuelto difusa, al punto que los dioses corporativos tienen celo de lo que ellos mismos han acumulado y generado, niegan a la gente todo su pasado, haciendo que Bregna y la sociedad se asimilen como un laboratorio donde cada individuo es un dato informacional. Por ello el Guardián ha sido recluido, junto a los códigos genéticos de la humanidad, en el Relicario en esa inmensa biblioteca que a la vez representa un vacío: ahora nada se puede comprender.

El tercer parangón está con Goodchild, quien a su vez es la huella de Creúsa. Él quiere que la humanidad procree. En la obra de Eurípides, Creúsa ansía volver a tener hijos aunque sabe de la maldición (como el virus corporativo aludido en el filme) por haber dejado a su hijo.

Finalmente, Aeon Flux tiene por única familia a su hermana quien muere porque el Estado corporativo ha detectado que puede procrear hijos. La hermana se asemejaría con la sacerdotisa del templo de Apolo, quien, en efecto, debe cumplir con su misión de madre protectora y como espíritu a quien el dios le niega una maternidad propia.

MITOLOGÍA DECONSTRUÍDA

Pues bien, he aquí un mapa muy general de la situación. Quizá me he ido lejos a develar las tramas de las historias aludidas, sin embargo, pienso que es en este contexto donde hay muchos aspectos relevantes en relación al tema del que discurro. He aquí algunos de ellos.

Por ejemplo, en ambas obras el problema del padre está señalado como una ausencia. Vale la pena detenerse acá por un momento.

Ion y Aeon no van al encuentro de sus padres aunque bien se inquietan por sus orígenes. Este dato me parece importante porque, sobre todo en el film que analizo, se presenta este hecho desde otra perspectiva. Una de las claves del existencialismo cristiano, si es que ese es el término, era el silencio de Dios, tal como lo habían reflexionado filósofos de la talla de Soren Kierkegaard. El cineasta Ingmar Bergman en su momento había tratado este dilema en películas como “Como en un espejo” (Såsom i en spegel, 1961), o “Persona” (Persona, 1966), cuya profundidad metafísica perturbó a sus espectadores. En Eurípides el silencio del dios Apolo es intencionado con la finalidad de ocultar la verdad. Michel Foucault, al estudiar el papel de Apolo en la tragedia de Ion justamente señala que el dios oculta la verdad para que los seres humanos la descubran, situación diferente al Edipo de Sófocles donde el dios declara la verdad al principio, hecho que causa la futura desgracia. Pues bien, estrategia o no, Apolo no dice la verdad, evade la respuesta directa, no tiene relación con su hijo y como tal su conexión con los seres humanos se reduce a la mediación del templo donde aquél dice oráculos a sus peticionarios. En otras palabras, este dios no comunica, hace de la comunicación una ambivalencia, un lugar de dudas y de presunciones gracias a la supuesta nitidez de sus manifestaciones: se trata que la gente descubra la verdad del mundo no obstante su ceguera para con la realidad de las cosas.

La ausencia de Dios en “Aeon Flux” parece tener el mismo sentido, pero, hay que aclarar, este es insinuado más no meditado con el grado de dolor metafísico de Bergman. La ausencia de Dios en el mundo postmoderno matizado por el film de Kusama es la completa areferencialidad con Dios; es la asunción de su muerte y la desaparición definitiva. Por lo tanto, todo se reduce a la ciencia, a una ciencia corporativista, es decir, a una ciencia de los cuerpos dominados por las tecnologías donde el ser humano que se ha creado y recreado a sí mismo, que conoce el truco de la creación y la banaliza al extremo, no es más que una mercancía, un aparato más de la estructura del Estado. Quizá acá la biopolítica, al modo de Foucault, está en un peldaño más porque claramente se evidencia que la ciencia está dentro de las estructuras de poder, donde, al no existir padre (ni madre) todos pueden hacer de sus vidas lo que les venga en gana, esto es, perpetuarse como en un videojuego.

La primera clave del debate acerca de la clonación, por esta razón, es la destrucción de la idea de la paternidad y más allá, la pulverización de la idea de Dios como referente creador. En otras palabras, la clonación es un ejercicio de autoreferencialidad en el mundo post.

Por el relato bíblico se sabe que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Este es el postulado teológico que aún prevalece en el imaginario de la sociedad. Sin embargo, su mensaje se torna inesencial si se tiene en cuenta lo dicho alrededor de la película en cuestión. Piénsese este problema con otro filme como “El clon” (A ton image, 2004) de Aruna Villers, que habla también de la clonación, título que ironiza la enunciación bíblica. Baudrillard nos dice que la imagen si bien hoy es numérica o de síntesis, esta ha llegado al punto de eliminar a su negativo, careciendo de referencia alguna. Es decir, es un objeto manipulado sin semejanza y más bien el espectáculo de sí mismo. Trasponiendo a la vida humana, gracias a la idea de que la tecnología lo puede todo, pareciera que hemos pasado el espejo, a sabiendas que esto es ya una transgresión. La constatación postmoderna, entonces, es que el ser humano no es la creación de Dios sino el producto tecnológico planificado que termina siendo celebrado por el discurso corporativista, porque además de ser un espectáculo montado, es un negocio bien fundamentado en el supuesto derecho humanitario. En la era de lo post y lo ciber, el humano es creación de sí mismo, pero además es una creación amoral: entonces, estamos frente al posthumano, al sujeto tecnológico liberado de todas las ataduras sociales, sin camino, sin ethos. El artículo de la revista “Mecánica Popular”, en efecto, tiene razón: nosotros podemos crear a hijos e hijas bajo nuestra imagen y semejanza. Tal acto se escinde de todo anclaje al sentido de la vida, contrariamente a lo que se podría postular.

“Aeon Flux” de hecho muestra esta ausencia, la transgresión, el asistencialismo corporativista empresarial que denosta la vida humana. Sigo insistiendo que el tono es post. Pero he aquí que esta misma cuestión post-existencial o post-metafísica, si caben las denominaciones, a su vez funda la serie de conflictos que tiene el personaje central (algo similar a Ion en la obra de Eurípides). El dilema es la pregunta de quiénes son los padres de uno. Creo pues que no es lo mismo saber que uno ha sido procreado según la reglas de la naturaleza que haber sido diseñado como un ser “perfecto”. Evidentemente lo uno es un asunto de orgullo y lo otro es una razón de superioridad. La película “Gattaca” (1997) de Andrew Niccol ya había planteado este tema alrededor de la relación de dos hermanos cada cual nacido en condiciones diferentes, con visiones diferentes de la vida, película que, por lo demás, sugería que tras todo el aparataje del diseño genético estaba el proyecto neofascista de alguna humanidad libre de todos los males, enfermedades y paradigmas, humanidad que aparte de haber reconquistado el paraíso se lanzaba a conquistar otros paraísos exteriores. En la película “Aeon Flux” la hermana de la heroína es muerta por las fuerzas de seguridad (ya que puede procrear) y pronto revivida, reencarnada, insertada en el cuerpo de una bebé que ha nacido por “solicitud” de otra pareja “bendecida” por el Estado corporativista. Todos podrán decir que se borra la memoria del individuo tras la muerte, pero en el film este hecho aparece incluso como una huella a partir de la tristeza de los habitantes, de los recuerdos que les traen algunos rasgos de otras personas con las que se cruzan sus semejantes. Este dato visual, esta referencia del relato a su vez plantea otra cuestión: el propio misterio de la vida.

La ciencia hasta lo que sé, en el plano de la ingeniería genética, ha trabajado con animales y plantas. Dolly pasó de ser un ensayo a un fracaso aunque eso no se ha quedado allá, ya que los experimentos han seguido considerando que los animales adolecen de alguna sicología. Ni qué decir de las plantas de las cuales han nacido engendros mejorados y nuevas especies ahora patentadas y apropiadas por transnacionales. Pasemos por alto el hecho de que en el futuro los seres humanos clonados o diseñados genéticamente no pertenecerán más a sus padres peticionarios, sino que serán cuerpos patentados por fábricas genéticas (algo así como se cuenta en el film de Ridley Scott, “Blade Runner” (1982)). Sin embargo, detengámonos en la cuestión sicológica, ya que es fácil presuponer que las especies animales no gozan de la complejidad afectiva, sensorial, síquica, cognitiva característica de los seres humanos. Pero, ¿qué de las personas nacidas bajo ese régimen? ¿Se puede jugar abiertamente, como si fuéramos “dioses”, a manipular sicológicamente a las personas? Me parece que estamos frente a lo que se podría decir es la violencia sicológica institucionalizada. El escenario prefigurado parece ser una gigantesca cárcel donde cada individuo estará realmente atrapado ya que existirá un gran ojo observador. Piénsese, por ejemplo, en “El show de Truman” (The Truman Show, 1998) de Peter Weir, interesante fábula de un individuo a quien se le hace creer que vive una vida normal desde que nace, mientras sus “diseñadores” no son más que ávidos teleastas que ganan millones por mantener la farsa al aire porque todo es un programa de televisión de masiva audiencia, además de ser el ejemplo de la televisión en tiempo real. Aunque este caso ilustre los límites de la manipulación sicológica, es evidente que los traumas narrados por el cine, la novela, la literatura en general, nunca podrán equipararse o nunca podrán extraer la verdadera esencia del dolor, de la compasión, de los sentimientos, porque esos planos siempre corresponden a la propia subjetividad del Ser.

Por eso es que en Eurípides el drama de Ion se convierte en una tragedia porque este quiere conocer la verdad. El tránsito que debe hacer es terrible y supone un shock afectivo, ya que Ion debe saber que su propio padre si bien le ha cuidado virtualmente, nunca le ha hablado y tras ello inclusive le entrega a sus nuevos padres asumiendo que Ion tendrá un destino más dichoso. En la película de Kusama, Aeon Flux buscará su propia verdad gracias a la violencia que ella misma desata. El camino que sigue es, en cierto modo, tortuoso y doloroso. Olvidémonos en el filme de todo el conjunto de escenas de acción, de los efectos especiales, de la acrobacia, ya que todos estos son partes funcionales para nutrir la curiosidad de una audiencia ávida de espectáculo. Fuera de este asunto, se debe mirar a Aeon como una heroína solitaria, autosuficiente, con la mente puesta en objetivos concretos. También está el hecho que ella es presentada como guerrera asesina. Su meta puede ser política (claro que de política sobreentendida puesto que el film no profundiza en este aspecto, en aras del espectáculo y de la explotación de la sensualidad de Charlize Theron, la actriz) pero en el camino su visión cambia al interrogarse sobre su identidad gracias a la memoria no borrada. Cuando halla a la bebé con el “espíritu” de su hermana evidencia el trauma al que está sometida, a su vez que al dolor de saber que su maternidad ha sido castrada por el Estado corporativista. Todas estas imágenes me hacen pensar que tenemos como segunda clave del debate acerca de la clonación, la dolorosa soledad que rodea al individuo creado genéticamente cuando devela la verdad, siendo esta soledad además perversa.

El problema de la verdad en el film “Aeon Flux” supone una constante renuencia. Aeon debe encontrar tal verdad, debe enfrentarse al aparato del poder para hallar certezas que le hacen desviar su propósito criminal a una finalidad altruista. Lo primordial, en todo caso, es que ella al ser clonada como cualquier individuo, está encerrada en la mecánica perversa del diseño genético y del discurso de la clonación: pues pertenece al paradigma de un porvenir más perfecto con la paradoja de que los seres generados genéticamente ya no pueden responder a la profecía de su propio destino; es decir, no son dueños de su propio camino sino que están objetivados hacia una terrible meta que niega su propia condición humana.

Vanina Papalini citando a Cornelius Castoriadis en relación a la cibercultura y la tecnociencia (entornos ambos que definen a la postmodernidad), justamente evidencia que esta última tiene tres características irrefutables no obstante el promisorio camino que pinta: para el filósofo la tecnociencia tiene un poder alrededor de la anonimidad, de la irresponsabilidad y la incontrolabilidad. En el primer caso, si bien se formula como una necesidad personal (o de pareja como el caso de la clonación) luego se la demanda como alguna necesidad grupal y colectiva y es ahí donde la ciencia y el poder institucional desarrollan tecnologías incluso pensando que el cuerpo es asimismo tecnología. Para ilustrar este asunto, por ejemplo, hay que remitirse a la publicidad de pastillas de libre acceso que prometen la eterna juventud. Y más allá todo el debate alrededor de las células madre que pueden ser la fuente para la curación de enfermedades. En el segundo caso, la tecnociencia como irresponsable banaliza las preguntas invirtiéndolas como motivos para su propio accionar. Es evidente que la muerte es un hecho incuestionable, pero la idea de que el individuo se perenniza y mejora su cuerpo, deja sin efecto la discusión sobre el misterio de la vida. Aunque una parte de la sociedad demande alguna perspectiva ética frente al asunto de la manipulación genética, el “avance” de la ciencia, tras descubrir el código genético, es decir, el genoma humano, sin duda pone en entredicho la vida natural y la “manipulación” cuyas consecuencias no sólo son la “mejora” y la “evolución”, sino también situaciones nuevas y paradojas como el caso del SIDA, ejemplo de respuesta a la sobrecarga de información en el código de la vida. Esto conduce al tercer asunto, la incontrolabilidad donde prima lo utilitario, lo práctico, lo que se puede hacer, frente a lo que es deseable. En resumidas cuentas, esto se relaciona con el deber ser y deber hacer, así como con el deseo y la responsabilidad.

En este marco, está también el otro factor aludido antes: el del misterio de la vida. Clave esencial, creo yo, del tema que discuto. Papalini dice que todo ser tecnológicamente creado puede ser humano, pero es un ser humano sin “espíritu” ya que su vida ha sido fabricada.

El tema bordea ciertamente con lo metafísico ya sea en el caso de Eurípides y también de Kusama. De este modo, partamos del presupuesto que los personajes en ambas obras buscan la verdad considerando que esta es la verdad de su origen. Aunque las respuestas pueden ser ahora evidentes incluso porque las diégesis de las tramas lo exigen, el problema en juego es a su vez el de la identidad. Esto trasciende el hecho psicológico y existencial y más bien está en el plano de la vida misma y de su misterio. Acá caben preguntas como: ¿Los seres clonados o quienes son producto de la manipulación genética pueden ser “personas” en tanto esa condición moral y social ha sido ya programada? ¿De quién es la identidad que el sujeto de toda esta programación lleva? En Eurípides, Ion es producto de una violación vergonzosa que el dios oculta y que la madre rechaza. No obstante ello, Ion crece con su yo plenamente libre siendo su único problema el camino que seguirá después. Se sabe, como se ha dicho, que él es uno de los troncos fundadores de la civilización griega. Posiblemente se puede argüir que su destino más bien está prefijado pero siempre está sujeto a la determinación humana. En el caso de Aeon Flux, ella es una “reserva” de la humanidad que no ha sido contaminada del todo por el virus. He evidenciado que ya no interesa en su caso el tema del padre, pero es importante señalar que al ser objeto de la clonación y al ser ejemplo de la promesa humana (independientemente de la tecnológica), como ser posthumano sabe que su identidad es en realidad una farsa. Por ello tiene conciencia que su camino es un no-camino. Es evidente que su opción no es el suicidio pero sí la destrucción total del aparato controlador, el Relicario, ese sistema a su vez político que sostiene el simulacro de la vida, lo que quiere decir que ella opta por continuar su vida actual y concienciar que es necesaria la muerte como límite que tiene todo Ser luego de haber vivido. De esta manera, su misión es salvífica en el sentido que su pretensión es hacer renacer la humanidad desde su base natural; en otras palabras, lograr restituir el correcto camino que la humanidad se ha negado a recorrer por mucho tiempo.

En dicho contexto, resultan simbólicas las partes que hacen a la secuencia final. Recuérdese que el Dr. Goodchild ha perdido todos sus descubrimientos por obra de la maldad de la corporación. Además está la evidencia que la gente, tras cuatrocientos años, puede procrear por sí misma. Entonces, Aeon dinamita el relicario que guarda los códigos genéticos de la humanidad. Ella va cayendo con dicha nave en picada, apenas sostenida de una tira de tela. En varias partes del filme hay tomas de la ciudad cerrada asemejando a una especie de útero. Entonces, se tiene que a nivel simbólico está el “útero” y el “espermatozoide” con la imagen del Relicario-nave. Antes ambos nunca se habían tocado, por lo que se justificaba la no-vida sino más bien la vida tecnológica. Cuando cae Aeon Flux, el “espermatozoide” debe tocar tierra, debe hacer impacto en el seno de la ciudad, pero al mismo tiempo debe tumbar la muralla que bloquea a esta de la naturaleza. La idea es matizar el fenómeno de la vida, del comienzo de la vida, además del misterio de la vida tan largamente vedado por la tecnología. Aeon Flux como mujer simbólicamente recobra su propia maternidad y al final, tomada de la mano de Goodchild, es decir, del “buen muchacho” podrá por fin realizar su sueño, “vivir una vez pero de verdad… vivir solamente una vez pero con esperanza”. Así todos salen como nuevos niños a conectarse con la naturaleza vital y salvaje que nunca habían conocido.

El misterio de la vida es una cuestión posiblemente difícil de definir o precisar por lo que muchos podrían decir que la enunciación de dicha idea desde ya es esotérica. Pienso que no es así, tanto más porque hasta la fecha que yo sepa nadie, por más razón que exista, ha creado, manipulado, alterado, etc. el flujo de vida, el espíritu de los individuos. Pues bien, quizá habría que apelar al mito de Frankenstein que Mary Shelley noveló con un precioso lenguaje en un libro homónimo. En la novela, está claro que el científico crea un ser humano. No importa ahora si lo crea a partir de cosas muertas; lo que vale la pena rescatar es la interrogación de qué es lo que hace que en todo cuerpo fluya una energía, un espíritu, una luz imposible de poderse replicar en la materialidad de toda creación científica. La fórmula de que al ser humano se le inyecta una buena dosis de electricidad es apenas un mecanismo distanciado de la realidad. El gran problema es que hay algo más que está detrás de todo ser que le permite ser autónomo, suficiente, con la autodeterminación propia de quien ha nacido como un ser natural. Se puede esgrimir que en el caso del diseño genético no estamos frente Frankenstein puesto que todo se da en el plano de la célula y que por lo mismo ésta se implanta en el seno materno que lo procrea. Si nos atenemos a la lectura del mencionado artículo de difusión de “Mecánica Popular”, incluso la evidencia de que ya existen niños y niñas “superiores” que han sufrido alguna alteración en su código genético para que en el futuro no sufran enfermedades y se enfrenten a condiciones diferentes externas dada su naturaleza, habla desde ya que estos seres han nacido evolucionados por definición.

La respuesta entonces está allí: que el ser humano evoluciona gracias a la voluntad de otros en oposición al hecho que antes la naturaleza le había llevado a que aquél evolucionase durante miles de años. Francis Fukuyama en un libro que se titula “El fin del hombre” habla de ello además que se pregunta de la legitimidad de este hecho. Aceptemos, sin embargo, que ante las evidencias narradas en el artículo de López y las sospechas que aborda el libro de Fukuyama, hoy la ingeniería genética ha trascendido a las meras expectativas e incluso a la serie de prohibiciones dadas por leyes en varios países. La posibilidad ahora es una realidad y como tal la realidad del diseño genético de bebés es el acontecimiento más concreto de inicios del siglo XXI. Entonces, hay que afirmar que la autoevolución humana es algo que no se puede parar dado que de por medio hay manejos financieros, capitales en juego, intereses y capitalismo exacerbado de por medio. Sin embargo, mi pregunta sigue latente: ¿la ciencia y el ser humano han descubierto o han logrado penetrar en sí mismos al misterio de la vida?

Creo que no. Lo que se tiene es el mapa del código genético, el genoma que muestra las series de cromosomas y los genes, además de áreas “no codificantes”, información que al parecer está en la cifra de 3.000 millones de pares de bases, de acuerdo a Fukuyama. Lo que hasta ahora se conoce es apenas lo referente a unos 30.000 a 40.000 pares y hay mucho más que develar. No obstante ello los científicos parecen vanagloriarse acerca del código como un idioma que pueden dominarlo y a partir de ello escribir la vida empleando su gramática. Pero habría que darse cuenta que todo el trabajo no es tan fácil aunque hoy se cuenten con las más caras y complejas computadoras que prometen que el futuro ya está asegurado. La otra parte es ciencia ficción lugar donde hay mucho de fantasía y también error. Pienso que el misterio de la vida está en otro sitio que no es necesariamente el código genético. Está en un umbral tan frágil y tan evanescente que ni la ciencia ni el ser humano pueden considerar.

LA CIBERCULTURA Y EL CINE POST

Hablemos ahora del presente. Una faceta general parece caracterizar al tiempo que vivimos: el desencanto y la crisis. Se dice que todo es relativo, todo es inesencial, todo es un vacío existencial del que no se puede dar cuenta. Tal es la idea que prima en el mundo actual el cual, además festeja el derrumbe de las totalidades inherentes que hacían al sentido de la vida. Está claro que estamos en el mundo de lo post.

Y lo post tiene que ver con la “aldea global”, el “mercado global”, la “americanización del mundo”, la “sociedad de la información”, la “sociedad del conocimiento”, la “tercera ola”, la “tecnópolis” y también la “era del neobarroco” o del “fractal”. Desde ya hay muchos denominativos para caracterizar la condición de esta época en la que tanto la cultura como sus narrativas que la sostienen se oponen de manera radical al tiempo de promesas, de razones y de enciclopédica civilización, característicos de la Modernidad.

Así, el mundo post es un “metarelato” y al mismo tiempo un “sistema narrativo” en ausencia de un “gran relato”, de la historia total, al modo de Jean François Lyotard. Es decir, supone un conjunto de nuevas estrategias de historización de la humanidad desde ópticas diferentes. Ya que lo postmoderno implica una postura de sospecha de los presupuestos y de los avances de la Modernidad, al mismo tiempo es un proceso de análisis de sus consecuencias, dando como resultado pensar en futuro el mismo pasado. Por ello, Lyotard dice que lo postmoderno “será comprender según la paradoja del futuro (post) anterior (modo)”.

La evidencia de esto es la mutación de las sociedades y sus estilos de vida. A su vez, la determinante hegemonía de la comunicación como medio, como sistema, como tecnología, como red fundando en nosotros nuevos imaginarios. Igualmente está el hecho que las nuevas generaciones vivan de una constante hechura de otros relatos de existencia que rebaten los anteriores porque ya no les son útiles. En definitiva, el contexto que nos colocamos hoy está asociado con el movimiento extremo, con el pesimismo, o sea con una nueva racionalidad basada en los sentidos y, sobre todo, en la negación del conocimiento absoluto. De este modo, imperaría la relatividad, la mezcla cultural o, mejor dicho, la multiculturalidad como política, la hibridación de todos los órdenes tanto presentes como pasados en una especie de comunión que hace renacer las claves del pasado en el tiempo presente para responder, en efecto, las dudas sembradas y no resueltas por la ciencia, la religión, la política, etc. De ahí que el resultado es el pastiche de estilos, de concepciones, de ideas, que aunque no se quiera significan también la parodia del propio destino al que el ser humano se ha embarcado hoy.

Pero no sólo lo post es todo lo anterior. Es también el tiempo de los simulacros y de la realidad virtual. Y quizá acá está ese otro concepto que traspasa el mundo de lo post: la cibercultura. En este marco, la realidad se modela, se inventa y se la prueba como si fuera concreta y promisoria. Acá las computadoras y la tecnología digital cobran supremacía en el plano de lo social. Gracias a su presencia el imaginario social, la realidad de la vida cotidiana, la vida misma, se vuelven cantidad de trozos, de bits de información, situación a la que Jean Baudrillard ha llamado el universo de lo fractal, es decir, el espacio del accidente, del fragmento, del dígito transformable haciendo incluso inesencial al átomo. De ahí que la fragmentación de la historia que vivimos hace que los microrelatos emerjan, y como tal, el énfasis en el individuo, en su posición única en la vasta red de información, su autoreclusión hedonista, tiene como consecuencias que las personas se transformen o muten sus cuerpos hasta el punto de lograr la descorporización para imbricarse con la tecnología, un no-lugar o entorno que promete la posibilidad de vivir ya sea en tiempo real como en tiempo virtual.

La transformación es, por lo tanto, el horizonte que parece caracterizar a la época. Si la historia se vuelve fragmentaria, si la persona es individualidad inesencial, es evidente que el cuerpo también puede ser objeto de cualquier cosa, tecnología de por medio. Pero no sólo el cuerpo, parangonable a este, su dimensión más extrema, algo que va más allá de la propia célula, la cadena de adn, esfera donde se sitúa el plano de una parte de la vida, en efecto, es ahora el objeto del diseño, de la historización individual, de su manipulación.

Sin duda el cine se hace eco de esta transformación y de la condición de época. Sin embargo, habría que situar la estética cinematográfica postmoderna alrededor de algunos espacios de reflexión. Un grupo de estudiosos presididos por Robert Stam al analizar el camino que sigue el cine hoy justamente lo apuntan. Así, la constatación que hacen es que existe un primer espacio referido al panorama anterior donde el cine representa fehacientemente la ruptura del relato total, del discurso histórico para mostrar al individuo hedonista intrascendente en una especie de tragedia sin esperanza. Por ejemplo, pienso en filmes como “Réquiem para un sueño” (Réquiem for a dream, 2000) de Darren Aronofsky, o en el tema que nos compete, una película de Nick Hamm, “El enviado de Dios” (Godsend, 2004), acerca de una familia que, desesperada por volver a tener al hijo muerto, accede a un programa de clonación de un centro médico presidido por un médico que demuestra la posibilidad del diseño genético en la gente común. En cualquier caso, la desesperanza sigue llevando a una falsa esperanza individual donde se niega, en efecto, las grandes búsquedas humanas del regocijo colectivo.

Un segundo espacio es la ruptura con el futuro. El cine postmoderno aunque tiene que ver con la ciencia ficción y en otro caso el futurismo, parece mostrar que existe una puerta vetada a la posibilidad de proyectos promisorios de carácter humanistas. En su caso, más bien suponen la nostalgia y la búsqueda de nuevas respuestas a problemas de los que la propia sociedad parece haberse desentendido. Pienso nada más en la mencionada “Blade Runner” de Riddley Scott, película en su momento vapuleada y ahora un film de culto que pone en el tapete de la discusión los límites de la vida tecnológica frente a la creación humana.

El tercer espacio supone la exploración de las antiutopías donde los mundos que se crean vía cine terminan siendo intencionadamente buenas o malas operaciones publicitarias o de marketing, es decir, experimentos de realidad para hablar de realidades y renunciar a ellas porque en el fondo no hay más interés que explorar mercados para situar productos de consumo. Pienso, así, en “La isla” de Michael Bay, relato escéptico sobre el futuro de la clonación, donde los humanos nacidos son sacrificados por sus propios padres-diseñadores para sanarse ellos mismos. La historia pudo dar mucho más a no ser que era un extenso promocional de marcas de ropa, software, videojuegos, etc. con el ropaje del cine.

Y hay un cuarto espacio, el del cine de narratividad opositiva, que rebate los cánones morales, estéticos, políticos, sociales, etc. Precisamente está acá el universo de ese cine postmoderno neoexistencial, neohumanista, neotecnológico, neopastiche, a veces, políticamente incorrecto, cuyo campo abarca la ciencia ficción, el anime japonés, el videoclip, etc.

EL TRASPIÉS DE LOS MITOS

Muchos podrían preferir pintar la postmodernidad y la cibercultura como espacios de promesas. Es el caso de “Mecánica popular” y su artículo sobre el diseño genético donde, por más mirada sospechosa aunque no crítica, el sentido que se da al contexto actual siempre está determinado por la oferta de la tecnología. En efecto, la tecnología, lo tecnocultural, es lo que está en juego. Eso es lo que es imposible renunciar en el universo que vivimos toda vez que las tecnologías son parte de nuestras vidas y cuerpos. Marshall McLuhan ya lo había dicho: que las tecnologías transforman y hacen mutar al cuerpo y a la psiquis de las personas; es decir, se vuelven esencia y materia de la vida, se tornan extensiones del cuerpo y del Ser. Un ser humano diseñado genéticamente, según esta perspectiva, es asimismo una positividad y no habría que dudarlo además si existe toda una maquinaria industrial capitalista que le sostiene y saca jugosos réditos económicos. Bajo el signo del capital es claro que la cibercultura es una buena cancha de juego puesto que es el lugar triunfal de los postulados de todo el funcionalismo gubernativo. Aunque la cibercultura se refiera a la cultura de las computadoras, de lo digital, se sabe, desde Norbert Wiener y la cibernética, que usando, gestionando, imbricándose con tecnologías, que se puede constituir una sociedad obediente a la que además se puede encauzar hacia los fines programados.

La lógica del cambio está inscrita en toda tecnología pero con la condición que sea controlada. La manipulación genética aunque se la niegue, es una realidad siempre controlada por la industria y el capital. Y eso es lo que esboza encubiertamente el artículo de la revista en cuestión. La promesa de la perfección humana, de la trascendencia a la muerte y la evolución en manos de los seres humanos desdice a todo el ciclo de la vida, del universo, del cosmos porque de por medio está una lógica funcional que busca el beneficio material. Tal lógica pertenece, sin duda, a un paradigma social y político muy claro donde todo es realizable, donde no hay límites para nada, donde el riesgo se calcula bajo el signo del éxito.

La palabra ciber, se sabe que es navegar pero también comandar y dirigir. En el mundo postmoderno, el ser humano es autosuficiente y puede discernir del mar de información lo que le apetezca. Y si se hace de la información, igualmente puede liderar empresas. En este universo el corporativismo es clave. La fórmula corporación-tecnología lleva a que las empresas en su desmedido “progresismo” edifiquen utopías pragmáticas donde los más beneficiados serán los individuos y los grupos que puedan acceder a ellos. Pero esta fórmula no se pone en acción si es que no existe una motivación existencial, anímica, sicológica en el individuo a quien inicialmente hay que fragmentarlo, hay que desasociarlo de la comunidad. La sensibilización del cuerpo y de los propios sentidos implica, en el universo cibercultural, que la gente encuentre su lado, su espejo, su propia voz, enlazados, incluidos, introducidos en los productos culturales tecnológicos postmodernos. Esto hace que de pronto uno pase de individuo a Pedrito 1.0, María 3.1 o Iván Xp y así sucesivamente: es decir, todos, puesto que se han digitalizado, han tendido a transformar sus cuerpos, volviéndolos tecnologías, de tal modo que pueden vivir en las utopías acabadas del consumo industrial y mercantil.

Entonces, se tiene un componente a lo largo de esta discusión: lo digital. Se puede esgrimir que lo digital es información. Sostendré que digital es un lenguaje, es una codificación. Y en el caso de la manipulación genética es una gramática.

El diseño genético, la ingeniería genética, al intervenir en el código de la vida, en la cadena de adn, entiende a la vida, a la naturaleza de todo Ser como un gran texto al que se le puede modificar su propia sintaxis, imponiendo la sintaxis informacional racional y humana. Esto quiere decir, que la historia humana ahora se hace no a partir de los acontecimientos en la realidad de la vida cotidiana, sino a partir del seno de la realidad del código genético. Se puede crear humanidad, historia, evolución a partir de la reescritura de la cadena de adn. O sea, podemos crear una nueva humanidad y, por lo tanto, elaborar una nueva historia sin errores ni sombras. La paradoja la mostraba el film “Gattaca” de Andrew Nicoll. En otras palabras, escribir nuevos seres humanos, hacerlos vivir, dominarlos, contenerlos hacia algo que se le haga aparecer como un futuro es, evidentemente, uno de los más terribles cauces de esa ideología post y cibercultural. Y creo que acá está una de las claves de la película “Aeon Flux” analizada. Ante el mito promisorio de un futuro pleno de felicidad, gracias a la tecnología, Aeon nos demuestra que este discurso post y cibercultural políticamente es peligroso. Es una pena que el film sólo se reduzca a la individualidad del personaje, a su búsqueda interior, a la verdad existencial intimista. Quizá Eurípides con “Ion” hacía en parte lo mismo pero también escribió una obra para que la gente piense, escarbe en todo el drama.

Está claro que las verdades se han vuelto inesenciales y vacuas hoy. La descreencia social es inequívoca producto del desencanto ante las promesas políticas no cumplidas. El ser humano en la cibercultura busca asimismo sobreexcitarse con imágenes, con clones, con duplicaciones fantasmagóricas en las que pretende encontrar las verdades inherentes a la vida. Está de moda, evidentemente, todo lo light, las religiones individuales y, sobre todo, las falsas ilusiones que tapan o eliminan lo otro, al semejante. El miedo al semejante se traduce en su criminalización. Entonces, el gran problema en juego es que nos encontramos con las tecnologías como sistemas mediadores, como murallas gracias a los cuales se evidencia el divorcio con la realidad de la vida cotidiana, o la ruptura con nuestra diferencia.

El film de Kusama pone en evidencia esto. La heroína no cree en nada. Su finalidad política no es cuestionada; su posterior decisión incluso es tomada gracias a sus constataciones. Ella busca la verdad del porqué no se puede morir o la razón de la eternidad de las existencias de esos seres clonados y, aunque su juicio final no sea radicalmente ligado a la comunidad, Aeon busca objetar el orden establecido, además del de su propio grupo guerrillero.

La verdad que demanda y que encuentra, en efecto, equivale al cuestionamiento franco, valiente e intencionado que Foucault discutía alrededor del concepto “parresía”. Para Foucault la parresía si bien es una enunciación sincera, o sea pronunciar la verdad, a su vez es un juicio o una crítica a un interlocutor que ejerce la función de poder. Se constata, de acuerdo a este hecho, la necesidad, de una vez por todas, de empezar a discutir, a deconstruir los postulados de la ideología del éxito, de la ideología corporativista del futuro controlado y privatizado, garantizado por un régimen económico que hace inversiones en el mundo buscando el solo y aparente bienestar de la llamada sociedad. Aeon al buscar la verdad, dice la verdad al poder (y posiblemente en esto se diferencie del Ion de Eurípides).

Ella se transforma, por ello, en fundadora de una nueva generación posthumana descontenta. Su acto es parresiástico, contra el sistema, contra la ideología social del orden próspero: enfrenta desde la postmodernidad y la cibercultura a los postulados de estos. Si nos ceñimos a Foucault, en efecto, lo que está en juego en sí mismo es el papel de la verdad, su ejercicio, su accionar, su consecuencia… es decir, lograr que el espectador, en el caso de la película en cuestión, sepa que hay que hurgar las enunciaciones de sentido común, las imágenes banales para cuestionar la propia vida que se lleva. Mi indagación, de este modo, fue inquirir sobre la naturaleza de la manipulación genética, de la aparente promesa que ella encierra, de los conflictos esenciales que genera, de las mentiras corporativistas y sociales que se pueden esgrimir por más promesa de eternidad humana que se esboce en el camino. Es decir, desnudar la aparente transparente promesa de un mundo tranquilo.

En el contexto de la cibercultura creemos que la tecnología lo es todo. Pero no es así, creo que hay cuestiones más esenciales que ese hecho por más computadoras y celulares que hagan nuestra vida mágica y placentera. Por ejemplo, se piensa que uno transforma su cuerpo. Puede ser que la mutación digital esté llevando a que el cuerpo humano se diferencie totalmente del homo sapiens y de los monos generando engendros perfeccionados posiblemente con más órganos como la compañera luchadora de Aeon Flux, pero eso no quiere decir que la humanidad haya evolucionado en tanto su problema esencial es el dominio y la depredación, es la eliminación sistemática, es el odio racial o social de lo otro. La equivocación de la cibercultura es confundir una razón tecnocrática con una ética que aún es ausente. El mito político de un mundo con seres mejorados es un mito mentiroso donde en la práctica el ser humano desaparece porque triunfa la practicidad en detrimento del bien común. La política del adn es la comprobación de una nueva forma de escritura mítica que destierra el problema esencial de la humanidad hoy: su incapacidad de poder pensarse como seres ecológicos, como seres no creativos sino sagrados.

Considérese finalmente que en la cibercultura, más allá de la descorporización por medio de las tecnologías está igualmente el mito del vencimiento a la muerte, hecho que no es tampoco la extensión de la vida. Curiosamente este mismo año, el 2006, un congreso mundial de astrónomos y científicos dedicados a las estrellas y los planetas decidieron eliminar del mapa estelar a Plutón, planeta o planetoide que orbita en nuestro propio sistema cósmico. Aunque el hecho sea sólo cuestión de nomenclatura, sin embargo el problema simbólico es más sintomático, pues evidencia que el ser humano desea escindirse, de apartarse del camino de la muerte. Piénsese en este hecho, pues Plutón, el planetoide, es también la representación del Hades griego, es decir, el lugar de lo invisible, el emplazamiento de los muertos y los apartados; al eliminarse su jerarquía en el orden del sistema lo que se hizo es hacer olvidar que el ser humano tiene que tener un destino. Frente a este hecho Aeon tiene una posición radical ética al respecto: demanda su muerte, la muerte natural y no el estiramiento de las funciones de la vida. A diferencia que en la cibercultura y lo post, el ser humano se considera dios, Aeon nos demuestra que es imprescindible destruir a esos dioses humanos, a esos dioses corporativos, a esos dioses del capital y de la política, es decir, reconquistar la vida y la muerte. En otras palabras, se debe cuestionar los mitos de papel, los mitos que escriben en el cuerpo de las personas las promesas de una falsa vida, inesencial y sin sentido y aspirar, más bien, al flujo de la vida.

BIBLIOGRAFÍA

BAUDRILLARD, Jean. “Videosfera y sujeto fractal”. En Varios, Videoculturas de fin de siglo. Cátedra. Madrid. 1996.

FOUCAULT, Michel. Discurso y verdad en la antigua Grecia. Paidós. Barcelona. 2004.

FUKUYAMA, Francis. El fin del hombre: consecuencias de la revolución tecnológica. Ediciones B. Barcelona. 2002.

LYOTARD, Jean François. La posmodernidad (explicada a los niños). Gedisa. Barcelona. 1987.

MCLUHAN, Marshall. Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano. Paidós. Barcelona. 1996.

PAPALINI, Vanina A. Anime: mundos tecnológicos, animación japonesa e imaginario social. La Crujía. Buenos Aires. 2006.

RODRIGO, Iván. Cartografías de la comunicación: panoramas y estéticas de la sociedad de la información. Abya-Yala / Universidad Andina Simón Bolívar. Quito. 2002.

STAM, Robert; BURGOYNE, Robert; FLITTERMAN-LEWIS, Sandy. Nuevos conceptos de la teoría del cine. Paidós. Barcelona. 1999.

WARD, Glenn. Postmodernism. Hodder & Stoughton. Londres. 1997.

Un comentario

  1. Si, creo que coincido en que debemos buscar el flujo de la vida, que significa tantas cosas…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: