El electroshock nuestro de cada día, en breve | Redacción Cultura El Telégrafo

Por Redacción Cultura

(Publicado originalmente en diario El Telégrafo, Guayaquil, el 26 de octubre de 2017)

«El electroshock nuestro de cada día», Foto: Miguel Castro / El Telégrafo

En la obra El electroshock nuestro de cada día, todos los personajes son blancos en exceso y van bien vestidos. En la escena se percibe una monstruosidad dócil. Un padre tiene la voz aguda y la exagera en cada frase: su tono sube como el sonido de una ambulancia. Sus hijos son —a propósito— siameses de dos cabezas disímiles en estatura, aprendices de programas de televisión y convencidos de que poseen una fuerza extrema, como la de los superhéroes de las caricaturas. La madre profesa amor a sus  hijos, apoyada en la idea: “La Escuela del Hogar, sépanlo bien, es la única que los preparará para la Universidad de la Vida…”; y recalca que así se formaron los próceres de la Independencia.

El último personaje que aparece en el cuadro –iluminado por las luces de la televisión y los destellos de bombas que explotan afuera de la casa– es Meme, el único que sale a la calle, nota las desigualdades sociales  y lucha en su contra.

En escena están Cristian Aguilera como el padre histriónico; Mary Pacheco como Hilaria, la madre jefa del hogar; Alicia Macías y Gabriela Falquez, como el hijo sobreprotegido que piensa con dos cabezas; y también está Ayrton Quirola, como Meme, el hijo que pone el cuerpo por la familia y los ideales para llegar a casa cada noche, suturar sus heridas y, como todos, ver casi hipnotizado la televisión.

El electroshock nuestro de cada día es una obra teatral de Miguel Antonio Chávez  (Guayaquil, 1979) que fue escrita en 2011, como un ejercicio para reencontrarse con el momento en el cual le tocó crecer. Luego de publicarse en 2013 con el sello Antropófago, un fragmento de la pieza se estrenó este mes (y estará en funciones hasta fines de octubre) en Microteatro Guayaquil, en el Malecón del Salado.

El proceso de montaje surge por iniciativa de la productora Daemon y fue trabajada entre los cinco actores de la obra. De acuerdo a Aguilera, leyeron el texto completo que tiene dos historias y decidieron concentrarse en la de la familia y su relación con la televisión, la época y el permanecer dentro de la casa y nunca salir, a diferencia de Meme. “Es el único que sale y protesta, es un  símbolo social, cotidiano, humano”, dice Aguilera.

Los años ochenta fueron para Chávez una época en la que, mientras caía el Muro de Berlín, la música pop alcanzaba niveles gloriosos desde lo tecnológico hasta en la moda. La sentía como un momento de luchas sociales y, al mismo tiempo, de enorme banalidad. Fue una epóca en que tenía que conseguir clandestinamente la revista Pancho Jaime porque era crítica al gobierno de León Febres-Cordero. Además, se podía salir poco porque a escasas cuadras de la Universidad Estatal eran frecuentes los enfrentamientos entre grupos de extrema izquierda y policías.

Ajustados a la época

Aunque en El electroshock… los actores trabajaron cada personaje bajo la idea de qué hubieran sentido y hecho en su época, su autor no pretendía hacer un tratado político. Chávez elabora una mirada satírica sobre el espectro del neoliberalismo o sobre cómo los medios –a los que considera mainstream– abordaban estos enfrentamientos, pues cree que lo hicieron de forma fácil, al dividirlos entre malos y buenos, “cuando la temática era mucho más compleja”.

Para el autor, la familia de Hilaria y Rigoberto es la versión hiperbólica de las víctimas del sesgo mediático en los ochenta. “Su única arma es la que disponen en ese momento: la de la cultura pop. Y hacia allá creo que va, más allá de todo, el espíritu de esta obra”, dice Chávez.

Otro de los aspectos que busca evidenciar es la tortura, no solo como sistema represivo estatal, sino como parte de otros órdenes establecidos, como la religión. Sin embargo, esta circunstancia se evidencia solo a rasgos en la iniciativa grupal que se monta en Microteatro.

La propuesta teatral, como sucede con todas las obras que se programan en Microteatro, transcurre entre quince y veinte minutos. En este tiempo los actores pasan de la quietud al desastre grupal; de la discusión por los ideales y los sacrificios de Meme a la pelea por el programa de estreno en la televisión; de las clases sobre las Malvinas como invasión británica en territorio argentino a la retórica de un fragmento patriota de Alfabeto para un niño, de José Joaquín de Olmedo.

Todas las discusiones de la trama apuntan a los desacuerdos familiares; al discurso del caudillo que promete la paz y el bienestar. Al final, la militancia y la educación del hogar se rinden a las señales distractoras de la televisión, de la cultura  pop. Los discursos de la época hacen electroshock en la familia.

La escritora, guionista y actriz chilena Nona Fernández escribe cómo se conecta esta obra con una realidad común: “Pienso en Meme, que llega torturado a su casa y al que le curan las heridas mientras ven la televisión. Así curamos las heridas los latinoamericanos, mirando la televisión, viendo un capítulo de Falcon Crest o de cualquier otra pelotudez, mientras el mundo se cae a pedazos del otro lado de la ventana. Leo una intención clara de desenmascarar la estupidez de una época, de un tiempo que funciona al compás de ritmos impuestos por otros. Develar lo absurdo, lo ridículo de todo. Hilaria y su marido mirando por la ventana el desastre con una sonrisa en los labios”.

Relación

El electroshock nuestro de cada día se pone en escena con la excusa del auge de las obras breves como propuesta cultural en la ciudad, en espacios que se expanden con distintas propuestas. Esta obra tiene actuaciones pensadas desde el cuerpo y la relación del ritmo entre actores, que se refuerzan con el juego de luces, colores en la proyección y música que trasladan al espectador hacia esta casa de seres extraños.

Para el autor de esta pieza, es necesario sostener el crecimiento de propuestas teatrales en la ciudad con recursos como “redescubrir los textos dramatúrgicos poco conocidos de autores ecuatorianos, desde poetas como Paco Tobar García hasta artistas multifacéticos como Eduardo Solá Franco”. “Claro está, sin descartar obras de autores de otros países”.

Chávez, por ejemplo, a través de un diálogo con el investigador Iván Rodrigo Mendizábal, se enteró de la existencia de una obra teatral perdida de Demetrio Aguilera Malta llamada No bastan los átomos. Cuando buscó en la Casa de la Cultura del Guayas se encontró con que solo había un ejemplar de, aparentemente, su única edición, en 1956.

“Hay aún mucho material que podría nutrir esta avidez por lo teatral en Guayaquil. Sea para un formato de corta duración o para otro más extenso y ambicioso, y hacia este es a donde creo que debería apuntar el sector escénico guayaquileño, como en esa época de oro cuando las obras de Pipo Martínez Queirolo movilizaban a gran cantidad de público. Es una sugerencia para no caer en la novelería, en lo vacuo o mediocre”, comenta el autor.

Chávez es un narrador que incursionó en la dramaturgia con la publicación de La kriptonita del Sinaí y otras piezas breves (entre las cuales se encuentra El electroshock nuestro de cada día). Tomó este camino como un andamiaje para contar otro tipo de historias. Actualmente se encuentra reaprendiendo en el MFA de Escritura Creativa en Español de NYU y tiene dos proyectos de novela en proceso. (I)

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