De crónicas y cronistas | Iván Rodrigo Mendizábal

Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en Revista Punto Tlön, Quito, el 2 de julio de 2019)

 

La crónica es una antigua forma de escribir. Siempre ha sido empleada para describir acontecimientos, para informar sobre el curso de eventos, para registrar los hechos tal cual se han dado. Con la llegada de los españoles a América –para el caso latinoamericano–, la crónica se ha constituido en un dispositivo para describir lo que veían los colonizadores en las tierras extrañas. Esto quiere decir que la crónica ha tenido desde antiguo, una forma de visión, una mirada que, aunque testimoniadora, subjetiva, pero no por ello que se deslinde de la verdad y, por lo tanto, de la realidad. Un cronista vendría a ser un actor esencial para denotar algo que, alguna realidad que, sin su presencia no se podría conocer. Subjetividad y testimonio, la crónica ha sido el medio para hacer hablar la realidad misma.

La palabra misma encierra su significado: escribir crónica, en principio una cronología, es escribir sobre el tiempo; es construir una imagen mental y escrituraria del tiempo; es ordenar el tiempo de una llegada, de un encuentro, de una vida, de un acontecimiento. Y ordenar el tiempo en un texto escrito –o incluso en trabajo audiovisual– tiene como objetivo también ordenar la lectura de ese tiempo y de la realidad descrita. La paradoja de la crónica es que pone en tiempo, en el tiempo de la lectura, lo que ha acontecido, quizá no solo en un momento, sino también en un periodo mucho más largo. La crónica, por ello, se entronca con la historia: convierte las historias –con h minúscula– en Historia –con –h mayúscula–. Y hay autores –pienso en Hayden White– que piensan que la Historia es una forma de Literatura, si se entiende, además que la crónica es literatura.

¿Acaso la Epopeya de Gilgamesh, quizá el texto literario más antiguo– no es la crónica de la búsqueda del Padre? ¿Acaso la Biblia, que también es un compendio del saber de un tiempo, no reúne entre sus páginas historias para ser comprendidas como la Historia de la humanidad o la de un pueblo? La crónica es, en efecto, un tipo de narrativa literaria y lo que define a la literatura es, si bien, la puesta en escena del lenguaje, de un lenguaje que comunique, también la fabulación. No es el caso, ahora de definir a la Literatura –recomiendo para ello los trabajos de Terry Eagleton, solo por citar un nombre–, pero sí que consideremos que el dispositivo-crónica tiene también algo de fabulación, como toda historia (con minúscula) o Historia (con mayúscula).

Quiero pensar el componente de la fabulación en la crónica. El objetivo de toda crónica en realidad es hablar de la verdad, es hacer aparecer la verdad. Sin embargo, el personaje de toda crónica puede ser, a la vez, un buen narrador. ¿Acaso no somos contadores de historias propias? ¿Acaso las conversaciones no versan de historias que nos ocurren? Y ¿acaso muchas de esas historias no están cargadas a veces de exageraciones, de omisiones, de añadidos y de interpretaciones? Un cronista lucha con estos asuntos a la hora de investigar. Es claro que el cronista debe saber desenvolverse en el mundo propio, en el mundo posible de quien es el testigo directo de un acontecimiento. Uno puede haber sobrevivido a un terremoto, pero la carga emocional que pesa, la penuria que ha vivido, el mismo poder del evento, en su más sentida inmediatez, lleva a que se exprese, se cuente de dicho hecho muchas cosas. Una crónica sobre un terremoto no es el terremoto en sí mismo, sino sobre la vivencia o sobre la pérdida de alguien. El terremoto puede suscitar una serie de temas. De lo que se deriva es que la fabulación, no es invención, sino saber narrar para hace sentir la intensidad de los momentos del terremoto, pero sobre todo la intensidad quien sabe de la pérdida o de la sobrevivencia, para decir algún asunto general.

La crónica, entonces, es un arte literario. Y arte, compréndase, es un hacer y un saber hacer. Implica adiestrar la mirada, la inteligencia, la capacidad de narrar bien, manejar el lenguaje. Implica técnica y oficio. Pero, sobre todo, implica involucramiento. Un cronista vive lo que cuenta. En definitiva, escribe o representa lo que la realidad le inquiere para que diga algo de ella.

 

 


(Imagen de Tumisu. Tomada de: https://pixabay.com/es/illustrations/cuentacuentos-historia-contando-4203628/)

2 comentarios

  1. […] la crónica ha sido el medio para hacer hablar la realidad misma” –ver mi artículo: “De crónicas y cronistas”–. En efecto, denota un momento hipotético al igual que una sociedad que obra por su sentido […]

  2. […] la crónica ha sido el medio para hacer hablar la realidad misma” –ver mi artículo: “De crónicas y cronistas”–. En efecto, denota un momento hipotético al igual que una sociedad que obra por su sentido […]

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