Perder el cuerpo | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en diario El Telégrafo, sección Cultura, columna Punto de vista, Guayaquil, el 19 de diciembre de 2019)

 

Fotograma de «Perdí mi cuerpo» (2019) de Jérémy Clapin.

La frase es paradójica y se la puede expresar también como pregunta: ¿se puede perder el cuerpo? La película francesa Perdí mi cuerpo (2019) de Jérémy Clapin, premio de la crítica en el Festival de Cannes, o del premio del público en el Festival de Annecy, además de la Asociación de Críticos de los Ángeles, plantea este particular dilema. ¿Cómo se pierde el cuerpo?

El filme de Clapin parte de un hecho fantástico: se lo pierde por la curiosidad que deriva a un acontecimiento cuya connotación es indescriptible. Lo fantástico está en que el director nos somete a las peripecias de un miembro en busca de su organismo.

A través de esta línea argumentativa la historia se desarrolla en un mundo intemporal en el que existe la soledad, y donde la ciudad subsume a todos quienes viven en ella. Paradójicamente su densidad poblacional está mostrada como si fuera un vacío. La ciudad está llena de habitantes que viven encerrados o que ni les importan sus semejantes. Es en este entorno que la historia se centra en la vida de un joven con trabajo precario, abandonado a su suerte, que se niega a ser uno más del montón, de ese “vacío”, y trata de conectarse con alguien de su propia condición. El mundo de este joven es de sueños. La respuesta a su trabajo es la incomprensión y la resistencia del entorno, hecho que no le impide renunciar a ese solo contacto para recuperar la dimensión de lo humano.

El argumento está planteado en tres niveles superpuestos: el que remite a la niñez, cuando la curiosidad es el motor de la existencia; el de su maduración, donde la búsqueda define a la vida; y el del acontecimiento que le lleva a su invalidez.

Perdí mi cuerpo en realidad parte del acontecimiento como si fuera la pregunta de si la curiosidad y la búsqueda que puede llenar a uno es en realidad lo que define al ser humano. Clapin va más allá: demuestra que, ante una sociedad individualista, la parte que hace el cuerpo no es necesaria, toda vez que desconoce o aborrece al organismo que le puede nutrir.

Ante eso, el que pierde una parte de sí, el que no es correspondido, debe hacer una nueva apuesta, por más arriesgada que sea. Perdí mi cuerpo es la metáfora sobre la nueva identidad que nace cuando se pierde algo o a alguien que no valoró la fuerza de una vida.

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