El cuerpo biopolítico | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en revista digital Máquina Combinatoria, Quito, el 26 de diciembre de 2019)

 

Un notable cambio es lo que perciben M. Hardt y A. Negri cuando se refieren que hay un paso, en la actualidad, de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control. Tomando en cuenta los postulados de M. Foucault sobre la sociedad disciplinaria, donde están inscritos una serie de dispositivos que llevan a la dominación social, y los planteamientos de G. Deleuze y F. Guattari acerca de la sociedad de control, donde están presentes las máquinas de dominio de lo sensible y del deseo, particularmente los medios de comunicación, Hardt y Negri se preguntan por el lugar del cuerpo en ambos sistemas, el último que deviene del primero. El cambio operado, tras estos dos sistemas, es lo que ellos llaman con énfasis, la “sociedad biopolítica” (Hardt y Negri 2002, 40), donde aparece el

“cuerpo biopolítico colectivo, [el cual] se vuelve estructura, no negando la fuerza productiva originaria que lo anima, sino reconociéndola; llega a hacerse lenguaje (tanto científico como social) porque está compuesto de una multitud de cuerpos singulares y determinados que procuran relacionarse entre sí. Este cuerpo es pues producción y reproducción, estructura y superestructura, porque es vida en el sentido más pleno de la palabra y es política en el sentido más apropiado” (Hardt y Negri 2002, 41-42).

¿Qué es este cuerpo biopolítico para los mencionados autores? Foucault había estudiado con detalle en su momento la formación de la sociedad disciplinaria. De acuerdo con Hardt y Negri, tal sociedad estaba compuesta por dispositivos y aparatos que producían y regulaban las costumbres, los comportamientos, las formas de vivir, además de las prácticas productivas, bajo la premisa de disciplinarlas para lograr una mejor productividad. La marca de la obediencia al sistema llevaría, en este contexto, a la estabilización de la sociedad, haciéndola un lugar de vivencia productiva y que sería la base del capitalismo y su estructuración piramidal. Los dispositivos y los aparatos asegurarían, por otro lado, el control social y el disciplinamiento de la fuerza de trabajo productiva; por lo contrario, quienes minan la posibilidad de la sociedad estable tendrían que ser excluidos; de este modo, tal sociedad disciplinaria lograría formas de inclusión y exclusión. El lugar de las instituciones, que algunos marxistas denominaron “los aparatos ideológicos del Estado” (Althusser 1998), es preponderante. De esta manera, en Foucault los dispositivos y aparatos institucionales vendrían a ser lugares de disciplinamiento: tanto la fábrica, cuanto la prisión, serían, así, instituciones de disciplinamiento; lo mismo que la escuela y el hospital. Es acá donde operaría un poder disciplinario que gobernaría la sociedad “estructurando los parámetros y los límites del pensamiento y la práctica, sancionando y prescribiendo las conductas normales y/o desviadas” (Hardt y Negri 2002, 36).

Dentro de este modelo de sociedad, muy predominante sobre todo en el siglo XIX en las sociedades que estaban industrializándose rápidamente, Foucault encuentra que tal poder además tiene la dimensión biopolítica. Es el biopoder cuyo objetivo es la regulación, el control, de la vida social pero esta vez desde el interior; no se trata del poder soberano ejercido previo a la Modernidad; se trata de un poder que se focaliza en el cuerpo, atendiendo lo que este implica, la vida. Hardt y Negri recogen la afirmación de Foucault: “Ahora la vida ha llegado a ser (…) objeto de poder” (en Hardt y Negri 2002, 36). Conocer la vida supone administrarla adecuadamente; de ahí, nos dicen aquellos, que lo que interesa al biopoder es la producción y la reproducción de la vida (2002, 36). La crítica a estos postulados que hacen los autores, empero, se centra en que Foucault miró los aparatos y los dispositivos de forma determinativa, donde estos constreñirían al individuo; al cuerpo siempre se lo miraría desde el cuerpo social pasando por alto el cuerpo individualizado, singular; es el cuerpo de la población al que se disciplina cuya consecuencia es el disciplinamiento del individuo; en otras palabras, el poder mismo de la disciplina se diseminaría en dichos cuerpos impactando en el cuerpo del sujeto. En lo personal, pienso que Hardt y Negri pasan por alto la serie de estudios que realizó Foucault los cuales no solo se centran en el tema de las poblaciones, sino también en el individuo, tal como se puede constatar en estudios como: Tecnologías del yo y otros textos afines (1990) o La hermenéutica del sujeto (1996), sin descontar El cuerpo utópico (2010), este último una conferencia de 1966. Es evidente la orientación de Imperio, de Hardt y Negri, intentando más bien establecer una nueva teoría de la multitud en tiempos de globalización.

En este marco, la lectura que hacen de los postulados de Deleuze y Guattari acerca de la sociedad de control es a la par reduccionista y posiblemente no da cuenta de su complejidad.

La sociedad de control para Hardt y Negri contiene dispositivos de dominio son más “democráticos”, oponiéndose a los sistemas de disciplinamiento de la sociedad anterior. Tales dispositivos no son visibles (usan el término “inmanentes”) y más bien suponen que el poder y sus símbolos se diseminan a través de los cerebros, de tal manera que llegan a sujetar los cuerpos de los individuos; esto implica que estos incorporan o interiorizan conductas diferenciadoras que ayudarían al sistema de dominio social. Hardt y Negri apuntan:

“El poder se ejerce ahora a través de maquinarias que organizan directamente los cerebros (en los sistemas de comunicación, las redes de información, etc.) y los cuerpos (en los sistemas de asistencia social, las actividades controladas, etc.) con el propósito de llevarlos hacia un estado autónomo de alienación, de enajenación del sentido de la vida y del deseo de creatividad” (Hardt y Negri 2002, 36).

De este modo, en la sociedad de control son los medios y las redes de comunicación e información las preponderantes apoyados, esta vez, de las instituciones como los hospitales o centros de rehabilitación. Tal énfasis, para los autores de Imperio es determinante porque la segunda parte del capítulo “La producción biopolítica” trata de construir un mapa del papel del imperialismo de los medios y sistemas de comunicación a la par de otras instituciones supranacionales que ayudan a diseminar el poder del Estado global.

No obstante, las posibles contradicciones o lecturas sesgadas que hacen Hardt y Negri tanto de Foucault como Deleuze y Guattari, aquellos discuten la producción biopolítica. Afirman que, en el caso de Foucault, este no logró comprender “la dinámica real de la producción que tiene lugar en la sociedad biopolítica” (Hardt y Negri 2002, 40); lo mismo en el caso de Deleuze y Guattari que en la opinión de los autores, se quedó en la descripción del ser social. Pero reconocen que ellos lograron dirigir la atención hacia la cuestión de la producción social bajo la égida de las máquinas sociales que producen sujetos y objetos.

Es claro que el término “máquina” aparece como un sobreentendido, aludiendo tal vez a un dispositivo con un engranaje o una gramática determinante. Quizá, a modo de matizar más este concepto, se deba acudir las ideas que Deleuze y Guattari esbozan sobre máquina en Mil mesetas, particularmente en “Rizoma”. Ellos se refieren al libro, por ejemplo; en sus planteamientos, este es tal porque hay un exterior, un afuera, es decir, está conectado a una exterioridad el cual le hace producir algo; de ahí que si pensamos en este objeto, habría que pensarlo en relación, dicen ellos, “con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce se metamorofosea la suya, con qué cuerpos sin órganos hace converger el suyo” (Deleuze y Guattari 2002, 10).

De acuerdo con lo anterior la máquina lleva a inscribir prácticas teniendo en cuenta que ella también tiene un programa que presupone tales prácticas y otras. Lo importante es que una máquina lleva a la producción de algo. Hardt y Negri solo ven que la máquina produce sujetos y objetos (2002, 40); habría que decir que, aparte de que llevan a producir, también producen al mismo tiempo al sujeto (o a un objeto). La crítica que hacen a Deleuze y Guattari señalando que, si bien ayudan a descubrir la productividad de las prácticas sociales, esta producción pareciera estar inscrita en cierta indeterminación de algún acontecimiento. Así, Hardt y Negri se decantan por el marxismo. Reconocen que la producción del superávit antes estaba en la fuerza de trabajo pero que ahora, en la sociedad de control, se ha ido desplazando al trabajo intelectual, inmaterial y comunicativo (2002, 40). Es en estos campos donde aparece una serie de industrias y formas de explotación, pero también formas de prácticas de oposición que escapan al viejo disciplinamiento. Pero no se trata del lenguaje o de la comunicación como dispositivos de subordinación donde nacería asimismo fuerza de trabajo intelectual, sino también la cuestión de los afectos que también caracterizaría a la nueva sociedad biopolítica.

Llaman nuevo cuerpo biopolítico colectivo a un cuerpo estructural y superestructural, a una forma de lenguaje de singularidades corporales donde estos se interconectan y comunican, a un cuerpo productivo y reproductivo donde el valor de la vida es lo primero; todo ello, llevaría a que dicho cuerpo biopolítico sea en esencia político, es decir, tendría un horizonte de alteración al orden y al control. Imperio (2002) luego derivará su análisis en este cuerpo biopolítico asumiéndolo como multitud (este concepto está más desarrollado en su siguiente libro, Multitud: guerra y democracia en la era del Imperio (2004)

Obras citadas:

Althusser, Louis. 1998. Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Buenos Aires: Nueva visión.

Deleuze, Gilles, y Félix Guattari. 2002. Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos.

Hardt, Michael, y Antonio Negri. 2002. Imperio. Buenos Aires: Paidós.

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Actualmente director del Centro de Investigaciones y Vinculación de la Universidad de Los Hemisferios. Es director de la revista científica ComHumanitas. Fue director de la Maestría de Comunicación Digital de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Los Hemisferios. Fue director de la Revista Razón y Palabra. Autor (entre otros) de Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018) e Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018).

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