Alzhéimer moderno | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en diario El Telégrafo, sección Cultura, columna Punto de vista, Guayaquil, el 22 de febrero de 2020)

 

Fotograma de “Vivir dos veces” (2019) de María Ripoll.

Semejante a la enfermedad del olvido, el alzhéimer, las nuevas tecnologías, –particularmente el celular– imponen el olvido como algo crónico entre las jóvenes generaciones. Tal premisa está inscrita en la película española Vivir dos veces (2019) de María Ripoll.

El argumento gira alrededor de un hombre, un matemático, que en su vejez comienza a tener los síntomas del alzhéimer. Sin embargo, la relación que reemprende con su familia y particularmente con su nieta es la que nos hace pensar no solo sobre el grado de esta enfermedad que afecta las funciones cerebrales, sino también cómo el celular ha hecho de los jóvenes los ejemplos del olvido funcional.

Vivir dos veces es eso: la representación de un proceso neurodegenerativo, doloroso, en tanto el ser humano va perdiendo la memoria y va sufriendo cambios de identidad, hasta perderse en situaciones y referentes, afectando inclusive la relación con sus familiares y conocidos. Una es la vida “normal” y otra determinada por la enfermedad del olvido. La vejez pareciera ser una involución, hasta la postración. En España, según la película, se trataría de no dejar a los ancianos librados a su suerte.

Y Vivir dos veces también es esto otro: los jóvenes depositan su confianza en el celular e internet. Ya no necesitan de su memoria; todo está en los medios digitales: libros, frases, tareas, álbumes, sitios, etc. Ya no piensan, ya no elaboran razonamientos complejos; ni siquiera quieren recordar cualquier momento trascendente. La memoria digital reemplaza incluso a los gustos al sugerir lo que sea: caminos, lecturas, música… Frente a este panorama habría un “desierto de lo real”, frase popularizada en Matrix (1999) de las hermanas transgénero Lana y Lilly Wachowski. Tal desierto implicaría que se vive en un mundo de rellenos simbólicos que nadie entiende, aunque se los cite constantemente.

Vivir dos veces, en este contexto, es aleccionadora. Ripoll hace reflexionar sobre la familia que cree que está interconectada. Los planos de su película, en principio de color pastel –como si fuera una historia romántica–, de pronto van haciéndose crudos, realistas. Con ello Ripoll reafirma su crítica a la vida contemporánea, hecha de puras banalidades.

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