Una novela al final de las utopías | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en revista Rocinante 141, 1ro. de julio de 2020, Corporación Campaña de Lectura Eugenio Espejo, Quito, pp. 72-76)

 

El título puede ser engañoso, al igual que inquietante: El crimen del tarot (2020) de Alejandro Moreano. Por un lado, uno puede pensar en una novela policial o una de género negro –donde se acentúa más el carácter de algún personaje que transgrede mediante el crimen–, o, por el otro, una obra sobre adivinadores que descubren algo usando lo esotérico. No es ni lo uno ni lo otro: es una novela política, además de autorreflexiva.

Moreano nos reta con su novela. Sabemos de su trabajo en el campo de la sociología y de lo político, sus ensayos sobre la literatura latinoamericana y ecuatoriana, su presencia en el pensamiento crítico contemporáneo. En este ámbito, también ha escrito novela, siendo la primera, El devastado jardín del paraíso (1990); la segunda, la que comentamos; entre ambas hay 30 años. Y quizá se debe comprender esta nueva obra en el contexto del desarrollo de las reflexiones de Moreano sobre la realidad nacional e internacional.

El crimen del tarot es una novela que se despliega sobre la base de otra narración. Intencional o artificioso, sabemos que Moreano es un seguidor de Jorge Luis Borges. Lo enuncia y nos disloca cuando conjura a uno de sus personajes, Lonrrot –en realidad Erik Lönnrot de “La muerte y la brújula”– que, en este caso, se presenta como un “crítico de novelas policiales. De novelas policiales nunca escritas. Novelas imaginarias”. En otras palabras, es un detective de argumentos que quiere develar que se habría contado la “desaparición” de una mujer, Yonosé. Y no solo eso, cita a El Aleph y el cuento de Ficciones, “El jardín de los senderos que se bifurcan”; y más allá de estas referencias: “el espejo, el doble, el laberinto: los viejos escenarios de la muerte” tal como leemos al principio. Entonces, en tal relato y que luego se despliega como comentario del invocado a lo largo de la novela, es lo que este tiene que deducir o lo que debe investigar y razonar con los papeles que Johan –otro personaje de la ficción– ha terminado por escribir: la propia novela El crimen del tarot. ¿Es una novela sobre otra novela?

La estrategia “borgiana” en Moreano es literaria: incita al lector a creer que la obra versará sobre un crimen que se habría gestado en la sombra y que, por las hipótesis de Lonrrot se podrá ir entendiendo su entramado. Pero pronto nos damos cuenta que de tal narración surge otro argumento y no solo eso, una serie de planos discursivos que se superponen y hacen que la segunda narración, la novela en sí, se torne inquietante, además de compleja. Ricardo Piglia alguna vez planteó que los buenos cuentos tenían en sí dos historias: una que se leía denotivamente y otra que se desplegaba poco a poco haciendo aparecer algún secreto. Moreano complejiza esta idea y hace que su novela extreme las tesis de Piglia.

Y es ahí donde aparece lo que podríamos llamar una novela barroca en el sentido de Severo Sarduy: dialogismo relacionado con la intertextualidad –sobre la referencia borgiana hay citas, nombres, enlaces con otros autores, entre ellos, Walter Benjamin, Henrich Böll, Thomas Mann, Berthold Brecht, etc.–, polifonía –que lleva a planos de discurso donde se tematiza la guerrilla, el teatro experimental y el teatro socialista, la migración, la misma ciudad–, parodia ligada a la mezcla de géneros –novela policial, novela erótica, novela sobre el arte y la literatura, novela política…–. Desde estos rasgos, como diría Sarduy, en la novela de Moreano habría una “red de conexiones, de sucesivas filigranas, cuya expresión gráfica no sería lineal, bidimensional, plana, sino en volumen, espacial y dinámica… [produciendo] la intrusión de un tipo de discurso en otro”.

Desde ya un hecho que el lector advierte en El crimen del tarot es su escritura ampulosa, donde las frases se diseminan a otras, donde los textos proliferan hacia otros significados. Es ahí donde quizá radica una cierta belleza en el interior de la novela y que lleva, por cierto, al contraste con la situación que trata de contar. Moreano, de este modo, sitúa a su personaje, Yonosé, alias comandante Tania, etc., como alguien más bien alegórico. Lo que sabemos de ella es por su carácter: independiente, decidida, la que lleva el ritmo de las cosas; por su cuerpo y su ser: expresión de un erotismo muy vital que siempre está, desde la perspectiva del escritor, entre juegos de espejos, de actuación, de búsqueda y de interrogación. Alrededor de ella, está el amante francés, el grupo de teatreros, el cura que explora la sexualidad, los guerrilleros… Moreano manifiesta en el ser de Yonosé, la identidad de las mujeres latinoamericanas o ecuatorianas que dejan huella porque son la expresión de una emancipación que no nace por alguna convicción ideológica, sino por una convicción social: es una mujer y son todas esas mujeres que están fuera de lo establecido, de lo convencional, acaso, en el sentido alegórico, la expresión de “los lenguajes entrecruzados de América”, considerando a Sarduy.

Tales lenguajes entretejidos se dan con la exuberancia de la exploración del cuerpo, del sexo y de lo erótico. Esto último en Moreano está con relación al disfrute de la vida en el sentido del ethos barroco analizado por Bolívar Echeverría; pese a la falsedad, a la impostación del mercado en el mundo real –hay pasajes donde se evoca recorridos por la ciudad con sus letreros y las marcas industriales expuestas–, Yonosé y los que le rodean escapan a la parafernalia consumista, al mundo artificial del bienestar, buscando ser en el cuerpo, en el placer del sexo, en la comida “sexual” y en la convencional. Pareciera que, en estos planos, nos ubicamos en lo liminal-bello, en el sentido de Charles Baudelaire –el de El Spleen de París–, cuando se metaforiza a la ciudad como un cuerpo erótico y donde ciertos lugares vendrían a ser los refugios acaso utópicos donde uno quisiera estar.

Yonosé como alegoría de una socialidad que pretendía hacer la revolución basada en principios vitales y una moral distinta sobre la base de un ethos con convicciones sinceras sobre el devenir del ser humano, claro está, ya no tiene la misma esencia cuando aparecen las nuevas formas de lucha armada, sobre todo con la guerrilla colombiana. Moreano intenta poner el contraste en esto: una cosa es el periodo anterior, quizá de los movimientos latinoamericanos y mundiales donde la bandera de la libertad era una motivación acaso romántica, acaso utópica, y otra el momento contemporáneo con la aparición de nuevas identidades, de nuevos actores sociales, de replanteamiento de las izquierdas, de nuevos procesos que, según el narrador, no pueden ser comprendidas ahora por Yonosé. Pese a ello, ella va a seguir el camino de la insurrección, como resultado de todas las búsquedas y las exploraciones de sí y de la vida.

Es claro que Moreano no es un desencantado de la Historia y los movimientos sociales. Su novela lo muestra como un lector, como un detective de historias aún no escritas –en el sentido de su Lonrrot–, acaso imaginarias. Su novela evalúa y piensa los caminos que aún se están construyendo en lo social. Es ahí donde podemos decir que ensaya con la idea de que las viejas utopías llegaron a un límite: esto con la representación de Yonosé, además de la convicción de Régis, el buen francés, o sea, del símbolo de los proyectos colaboracionistas románticos europeos en el siglo pasado, el cual se convence que finalmente ha perdido a su amante voluptuosa. Si es que habría que pensar en nuevas utopías, estas deberían partir cuestionando el pragmatismo de los nuevos movimientos y sobre todo la virulencia del capitalismo transnacional. Quizá en tono carnavalesco o paródico, propio del barroco, Moreano hace decir a un personaje: “aquí tienen el puterío pluriétnico”, como el gran problema ahora son las nuevas alianzas, donde lo que parece importar no son las convicciones, sino la parafernalia para hacerse ver. La “desaparición” de Yonosé vendría a ser así la desaparición de los proyectos libertarios en medio de la renuncia de los nuevos que florecen y son subsumidos por ese halo de lo nuevo.

En este contexto, reconozcamos que El crimen del tarot es una novela aleccionadora: hace pensar; no es una novela lineal, es una que entrelíneas cuestiona a los discursos prevalecientes. La apuesta de Moreano a jugar desde el plano del eros es interesante: porque lo que muestra es recuperar el sentido de la vida en todo proyecto revolucionario. Por ello su novela hay que leerla desde lo político, es decir, desde el plano de las ideas.

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