Borges según Vargas Llosa | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en revista Rocinante No. 145, págs. 12-19, Campaña de Lectura Eugenio Espejo, Quito, el 3 de noviembre de 2020)

 

Un reciente libro del Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, tiene como centro a Jorge Luis Borges. Se trata de Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020) en el que Vargas Llosa reúne 11 artículos, ponencias y entrevistas publicados en ciertos medios entre 1963 y 2014. Es una aproximación al trabajo literario y al pensamiento de Borges, mostrándole desde lo humano, lo literario, lo político y lo cultural.

Vargas Llosa se acerca a Borges como reportero y literato, y lo hace a veces con pasión y otras con distancia. Un tono impera en el libro: comprender al hombre de letras, con sus aciertos y diferencias. Medio siglo con Borges es una suerte de anotaciones sobre el arte de escribir borgiano que además conlleva la consabida pregunta: ¿Por qué Borges, siendo eximio en el cuento no encaró la novela? ¿O por qué Borges, a sabiendas que fue un lector, un perfeccionista de la lengua, un narrador –que mezclaba géneros, tematizando lo fantástico y lo metafísico…–, optó quedarse en el terreno del cuento y del ensayo?

De entrada, Vargas Llosa plantea que la obra de Borges es opuesta a su trabajo literario, ya que nunca le interesó la literatura fantástica, ni la metafísica, ni el intelectualismo y la abstracción, que dan la impresión de evasión de la realidad. El peruano más bien se define como alguien interesado por la realidad, la política, el erotismo y la historia. Sin embargo, pese a todo, reconoce que si admira a Borges es por “la belleza e inteligencia del mundo que creó [las que] me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la perfección de su prosa [que] me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”. Borges imaginó un mundo distinto al de Vargas Llosa, donde el interés era lo literario, privilegiando la dimensión poética del lenguaje, exponiendo ideas surgidas de sus exploraciones en libros, en enciclopedias, en el saber que algunos de sus autores favoritos atesoraban: Flaubert, Schopenhauer, Shakespeare, Wells, Stevenson, Quevedo, Lugones, Conrad, entre otros. Para muchos Borges es sugerente, mientras para otros es de difícil acceso e incomprensible. ¿Y por qué esta radical polaridad?

Un «viejo anarquista spenciariano»

Borges se formó a la luz de la modernidad europea, aunque ello no le quitó su argentinidad. Y, sobre todo, fue la biblioteca familiar y los contactos de su padre con algunos escritores los que moldearon su vocación por la literatura. Ya cuando retornó de Europa, haciéndose eco del vanguardismo, quiso conectar sus intereses con la cultura local de su país. Vargas Llosa, en el poema de apertura de su libro, “Borges o la casa de los juguetes”, dice de ese primer momento: “De la equivocación ultraísta / de su juventud / pasó a poeta criollista, / porteño, cursi, patriotero / sentimental”. La figuración del Borges temprano no es nueva porque él ya había repudiado, según Emir Rodríguez Monegal, en su Borges por él mismo (Monte Ávila, 1980), su obra inicial, la cual era intimista y sentimental que además denotaba cierto arrebato nacionalista que Borges también, en lo posterior, recusó. Este en una entrevista que Vargas Llosa le hiciera en 1981, transcrita en Medio siglo con Borges, lo reafirma del siguiente modo: el nacionalismo es “uno de los grandes males de nuestra época. […] Es un mal que corresponde a las derechas y a las izquierdas”.

Se conoce que el repudio de Borges a Juan Domingo Perón y lo que representaba, le llevó a ser castigado como inspector de aves de corral en el Mercado Municipal. Sin duda, su desdén era contra el populismo y el nacionalismo, y, sobre todo, contra el modo de hacer política en su país. Aunque Vargas Llosa representa a Borges desde lo literario, en Medio siglo con Borges insidiosamente también intenta relievarlo no solo como un autor alejado de la realidad, como se dice inicialmente, sino como alguien con una posición política.

Es así como Vargas Llosa afirma que Borges hacía “muchas declaraciones políticas que [levantaban] tolvaneras” o que “me desconciertan a menudo sus opiniones políticas [y] sus diatribas contra los nacionalismos, de cualquier índole”. Claro está que en su vejez Borges fue foco de la crítica cuando dio la mano a las dictaduras argentina y chilena, lo que según algunos analistas le impidió llegar al Nobel, lo que tampoco le afectó del todo. De ahí que Vargas Llosa afirme: “Ha alcanzado tal prestigio que, él sí, puede decir lo que quiera y hacerse oír sin que lo censuren, arresten o le pongan una bomba”. Con todo, es verdad que a Borges poco le importaba hablar de política, asunto “tedioso”, según la entrevista que Vargas Llosa le hiciera en 1963 en París, en ocasión de una reunión de escritores en la que el argentino no se encontró a gusto. Si no le atraía la política, a la par tenía un criterio desfavorable sobre los políticos, según la entrevista de 1981 también reproducida en Medio siglo con Borges: “Yo no sé si uno puede admirar a políticos, personas que se dedican a estar de acuerdo, a sobornar, a sonreír, a hacerse retratar y, discúlpenme ustedes, a ser populares”. Según esto, los políticos son corrompidos, falsos y “populares”, en sentido de vulgares u “ordinarios”. Sus opiniones, se sabe, pueden ser capciosas, pero tienen un giro que, como hace notar Vargas Llosa, desconciertan. De ahí que, para Borges, por ejemplo, la democracia aún no había sido practicada en Latinoamérica, peor en su país; pero se declaraba pacifista, además de “viejo anarquista spenceriano” que creía “que el Estado es un mal, pero por el momento un mal necesario”.

Una «revolución unipersonal»

Si un tema latente presente en Medio siglo con Borges es la cuestión política, otro asunto es el Borges persona. Vargas Llosa lo pinta como un individuo peculiar, con una vivienda sobria, con una biblioteca escueta, con unos hábitos casi monacales. En el libro oímos pronunciar a Borges que “el lujo me parece una vulgaridad”. Y fuera de ello, el peruano le reconoce por su erudición: esta “no es nunca en Borges algo denso, académico, es siempre algo insólito, brillante, entretenido, una aventura del espíritu de la que los lectores salimos siempre sorprendidos y enriquecidos”. Es ahí donde se engancha Vargas Llosa desde su juventud con las idas y venidas constantes a la literatura borgiana. Lo otro es su cosmopolitismo, es decir: “esa avidez por adueñarse de un ámbito cultural tan vasto, de inventarse un pasado propio con lo ajeno, […] una manera profunda de ser argentino, es decir, latinoamericano”. Contra cualquier propensión de querer diferenciarse de la matriz española, Vargas Llosa coincide con Borges en su estilo universalista, en su manera de acoger la lengua castellana sin ruborizarse de ella, de saber que tras ella está la “herencia de Occidente”, producto, claro está de su admiración del modernismo literario.

Para Vargas Llosa, Borges es un ejemplo de persona que siguió con los principios que creía y los que en vida iba mostrando, pese a ser calificado de misógino, conservador o un intelectual occidentalista, poco sensible con la vida y el paisaje latinoamericano. Y es ahí donde sabe que la contribución a la cultura argentina y continental es ineludible: “Para el escritor latinoamericano, Borges significó la ruptura de un cierto complejo de inferioridad que, de manera inconsciente, por supuesto, lo inhibía de abordar ciertos asuntos y lo encarcelaba dentro de un horizonte provinciano”. Borges, es evidente, que evitó de meterse con cuestiones como el indigenismo, la literatura social –aunque sus acercamientos a los cuchilleros o al mundo del suburbio en un momento le atrajeron, además escribiendo letras para tangos–, e incluso con tendencias que otros trataban de seguir o fundar. De hecho, tampoco le importó el boom aunque estuvo en contacto con algunos de sus escritores, particularmente Julio Cortázar, al cual animó también a ser parte de la literatura, según este lo reconoció. Vargas Llosa por ello afirma: “La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”.

La obra inconfundible

Pero lo más significativo del libro que comento: Medio siglo con Borges es cómo Vargas Llosa descifra la literatura de Borges. El capítulo “Las ficciones de Borges” es, creo, el más sugestivo y el que aproxima ciertas claves de lo literario en el autor argentino. Antes señalé que hay quienes lo admiran y otros lo consideran hermético. La polaridad de opiniones es hasta hoy palpable. Vargas Llosa señala que “quien carece de sentido del humor no entiende a Borges”. Con ello quiere decir que sus cuentos y ensayos –algunos que se hibridan con cuentos o con paráfrasis supuestamente históricas e incluso filosóficas o teológicas– están estructurados poniendo en juego las posibilidades del lenguaje, de juguetear con el lector, desafiándolo. En realidad, como lector voraz y como inquieto intérprete de lo mítico o del inconsciente colectivo, Borges vivió su literatura: “Llenó su casa / su vida / de juguetes”. Esa vivienda que parece visitó Vargas Llosa en el barrio Palermo en Buenos Aires –que ahora es un museo y un centro de reuniones, según lo pude constatar el pasado año cuando me adentré en la tierra porteña–, en efecto, por más sobria, por tener el mobiliario y biblioteca suficiente para los quehaceres de Borges, era el mundo de la juguetería intelectual: “Su cuarto de juguetes / fue siempre un / bric-à-brac: / tigres, espejos, alfanjes, / laberintos, / compadritos, cuchilleros, / gauchos, sueños, dobles, / caballeros y / asexuados fantasmas”, poematiza Vargas Llosa.

¿Y cuáles serían las características de la obra de Borges? ¿Cuáles los elementos de lo literario en sus textos? Para Vargas Llosa: a) Lo real y lo irreal son parte del estilo; b) el horror físico forma desde lo artístico una realidad desrealizada; c) las ideas son corporizadas por el arte literario; d) habría una economía de recursos maniática; e) impera el exotismo para escapar de modo insensible del mundo real; f) la erudición desenfadada, insolente hasta pedante; g) la creación de mundos fantásticos con sus propios personajes y bestias; h) la capacidad de intelectualizar la realidad, hasta disolverlas.

He aquí una especie de catálogo de rasgos que distinguen la obra de Borges y que le hacen inconfundible. Sí, habría que decir que Borges estructura mundos bajo una estética que recrea eso que postulé: el inconsciente colectivo. Carl Jung en Arquetipos e inconsciente colectivo (Paidós, Barcelona, 2009), dice que este va más allá del inconsciente personal, convirtiéndose en universal, cuyo contenido son los arquetipos, representaciones inconscientes que pueden o no “conciencializarse”, implicando modelos que muchas veces animan impulsos o se tratan de seguir o explicar. Los cuentos, poemas o ensayos literarios de Borges exponen diversas formas de ese inconsciente, gracias a las cuales se pregunta y lanza cuestiones al lector. No se trata de solo leerlo, sino de ingresar a los mundos laberínticos que elabora, en los que lo real y lo irreal se parangonan a los espejos, a los dobles, a los fantasmas asexuados; allá habría una especie de “extrañeza”, la cual, contra toda presunción de desrealidad, más bien hace que pongamos un momento el ojo a lo cotidiano, para ver su rarefacción. Es claro que Borges sabe adornar con citas a veces reales y otras veces apócrifas lo que plantea como ideas elaboradas, lo que nos lleva a pensar si la realidad en verdad existe como tal. Sabemos que ha leído a Platón y, sobre todo, a Berkeley. Para lograrlo, Borges usa artificiosamente el lenguaje. Y lo hace, según Vargas Llosa desobedeciendo “íntimamente [con] la predisposición natural de la lengua española hacia el exceso, optando por la más estricta parquedad”.

Cerca de la poesía, lejos de la novela

Entonces, el terreno en el que labró Borges implicó el uso literario perfeccionista de la lengua castellana. Quizá esto lo aprendió de la poesía. Por ello en 1963, en la entrevista con Vargas Llosa, afirma: “tengo la impresión que he cultivado un solo género: la poesía. Salvo que mi poesía se ha expresado muchas veces en prosa y no en verso”.

Pienso que en esta aserción está ya contenida la respuesta a la otra inquietud que plantea Vargas Llosa en Medio siglo con Borges. Incluso en 1941, en el “Prólogo” de El jardín de senderos que se bifurcan (1941) –hoy libro de cuentos que con Artificios forman Ficciones (1944)– el escritor argentino escribió: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”. Para Borges escribir una historia enzarzaba una idea en ciernes o unas ideas que se solapaban, de acuerdo con Ricardo Piglia en “Las tesis sobre el cuento” (en Formas breves, DeBolsillo, 2014). Se sobreentiende que la novela es un modo de desvanecer la idea-tesis que era lo que le interesaba a Borges. Él mismo reconoció que “había leído muy pocas novelas”, en la entrevista de 1981.

Con todo, Vargas Llosa se refiere a la novela y la impresión que tiene de por qué no se interesó por ella Borges: la novela “es el territorio de la experiencia humana totalizada, de la vida integral, de la imperfección. En ella se mezclan el intelecto y las pasiones, el conocimiento y el instinto, la sensación y la intuición, materia desigual y poliédrica que las ideas, por sí solas, no bastan para expresar. Por eso, los grandes novelistas no son nunca prosistas perfectos. Esa es la razón, sin duda, de la antipatía pertinaz que mereció a Borges el género novelesco, al que definió, en otra de sus célebres frases, como «Desvarío laborioso y empobrecedor»”. Por más defensor de la novela e inquieto porque Borges no la exploró, pese a su ímpetu creativo, al manejo erudito del lenguaje, al modo de crear mundos fantásticos, sin duda este dejó sentado en 1941 su razón por no afrontar la novela: ¿cabe escribir un cuantioso volumen para manifestar estrictamente una idea?

Una buena persona

Finalmente, cabe indicar que Medio siglo con Borges es un libro de admiración y de diálogo interrumpido con Borges. Aunque diga que la obra de este “adolece, por momentos, de etnocentrismo cultural” o que “para Borges la civilización solo podía ser occidental, urbana y casi casi blanca”, Vargas Llosa no puede desligarse de la sombra y la potencia del autor argentino, aunque no comparta los temas y las inquietudes, además de no ser el interlocutor en el plano de la novelística. Por ello manifiesta: “Hechas las sumas / y las restas: / el escritor más sutil y elegante / de su tiempo. / Y, / probablemente, / esa rareza: / una buena persona”. ¿Qué es lo que a la final expone Medio siglo con Borges? Al poeta hombre, la persona que, más allá de su intelectualismo y las críticas, supo también enamorarse de una mujer –aunque se sabe de fracasos en su vida–: María Kodama. El último capítulo del libro precisamente habla de tal relación.

Medio siglo con Borges es un libro que puede parecer uno más entre la cantidad de libros sobre Borges hasta ahora publicados. Como es una recolección de textos de diversas épocas escritos por Vargas Llosa, expone también al pensamiento de este autor. Así, no es un texto teórico ni académico, tampoco biográfico, es más bien autorreflexivo: es para hacernos dar cuenta que Borges sí influyó en Vargas Llosa. En este sentido, es un acercamiento muy personal; por ello hay que reconocerle su sinceridad.

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