El espectáculo del horror | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en diario El Telégrafo, sección Cultura, Quito, el 15 de noviembre de 2020)

 

Fotograma: Marlon Brando en «Apocalipsis ahora» (1979-2001) de Francis Ford Coppola.

Puede ser paradójico el título de este artículo, pero un clásico del cine, Apocalipsis ahora (1979-2001) de Francis Ford Coppola, me lleva a deducir tal idea luego de haberla visto de nuevo en Netflix. La versión exhibida en dicha plataforma es la extendida, la “redux”, de 2001, que tiene 49 minutos adicionales, diferente a la versión de 1979.

Semejante filme, sea la extensión que tenga, sigue siendo memorable porque rompió con la estética de las producciones bélicas que se hacían hasta el momento de su estreno.

Coppola, junto a John Millius, adaptó la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas (1899), esta vez situando la trama en torno a la Guerra de Vietnam, y sobre un militar cuya misión es hallar y matar a Kurtz, un oficial norteamericano transgresor y un peligro para el ejército. Pero la película no es solo eso, es sobre todo un viaje hacia el centro del infierno definido por la violencia de la guerra.

Es así como Apocalipsis ahora desnuda la guerra: destrucción, intereses en juego, resistencia, ideología, muerte y deshumanización, pero también se plantea como una película sobre un viaje al interior del Ser hasta llegar a su dimensión más primitiva. La secuencia inicial de Apocalipsis ahora ya nos pone en este hecho, mostrando la matriz fantasmática que siempre interroga y obnubila al individuo: Willard ve los bombardeos cuyas flamas se funden con las aspas de los helicópteros y del ventilador en la habitación donde está recluido, naciendo el deseo de morir y de matar. Todo el viaje será un recorrido consciente hasta llegar al infierno interior, expresado con el rostro y la voz de Kurtz –¡gran Marlon Brando!–, el cual repite la palabra “horror”.

¿Y qué es el horror? Algo inenarrable, imposible de significar. Coppola nos sitúa en el espacio del horror de la guerra; lo exacerba espectacularmente con música rock, con personajes variopintos, con luces de bengala y humos de colores, con un bombardeo de un pueblo con fondo sonoro de Wagner. La guerra pasa de lo alucinante a la pesadilla; lo fantástico pronto se torna en liminal.

El horror es la última frontera del viaje hacia el Ser, donde se le descubre como el más básico de los instintos, pero que enfrenta con lo que Brando reafirma: el terror moral. La tensión entre racionalizar la violencia y ejecutarla fríamente, sin juzgamiento, es lo que está en juego en la representación de la muerte y la guerra en Apocalipsis ahora. Su lección visual y temática es imperecedera.

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