Engaño y justicia | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en diario El Telégrafo, sección Cultura, columna Punto de vista, Guayaquil, el 26 de abril de 2020)

 

Fotograma de «Sin muertos no hay carnaval» (2016) de Sebastián Cordero.

Una iniciativa ecuatoriana en los tiempos de la cuarentena es el portal web Choloflix. En este se puede apreciar diversidad de películas realizadas por cineastas del país –entre largometrajes y cortos, entre ficciones y documentales– en los últimos años. Del catálogo consideremos a Sin muertos no hay carnaval (2016), coproducción ecuatoriana-mexicana, dirigida por Sebastián Cordero. El guion está escrito por este, junto con Andrés Crespo, quien además es protagonista del filme.

Sin muertos no hay carnaval es una película que no pierde actualidad. Representa cómo el engaño y la corrupción son el modus vivendi de determinados sectores de la sociedad, siendo su foco central Guayaquil y sus barrios suburbanos. Por un lado, está el poder de un abogado que se encarga de provocar ocupaciones de tierras de forma ilegal y llevar allá a pobladores empobrecidos, prometiéndoles la legalización de sus casas, exigiéndoles pagos arbitrarios para supuestos trámites. Por el otro, está un empresario de un club deportivo y su familia, los que viven de inversiones dolosamente administradas, la explotación de los recursos de los futbolistas, el maltrato y la corrupción al comprar conciencias incluso de la justicia. El nudo es un accidente de caza que deriva en la muerte de un niño y el tratar de desaparecer toda prueba y vinculación.

La película de Cordero es directa al exponer todo ese ambiente opresivo donde los diversos poderes juegan y se entrecruzan, derivando en amenazas, desapariciones y, en ciertos casos, en el sicariato. Se puede decir que Cordero y Crespo son críticos a ese mundillo de manipuladores, de corruptos sociales que imponen decisiones y formas de entender la realidad. Claro que la película, en este contexto, se decanta por los opuestos radicales: de un lado, los malos; del otro, los inocentes.

Es evidente que, dada la presión por el engaño acumulado, los inocentes, el “pueblo”, a la final también entran en el juego del ejercicio de la violencia. Si Sin muertos no hay carnaval a veces se torna maniquea es por su especie de didactismo: lo que interesa es manifestar que la sociedad no es tan horizontal; que existe la lucha de clases; que, pese a la corrupción moral, por lo menos se opera una “justicia divina” –en lo narrativo–, aunque en la realidad aquello no sea así. La película, de este modo, cuestiona, pone el dedo en la llaga.

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